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martes, 14 de abril de 2009

Despedida

Hoy me saco la máscara. Me saco la máscara porque es mi última entrada en este blog que tantas alegrías me ha traído. No sé si corresponderá, en verdad ignoro si a alguno de los lectores (pocos, pero fieles) de verdad les interesará lo que hay detrás de nuestros nombres de fantasía, pero al menos esta vez escribiré me daré un lujo y escribiré como yo misma. No con mi adorado seudónimo “La Rabiosa”. Me presento: me llamo Mónica, un gusto.

Ya hay varios lectores de este ya no tan escondido blog que nos identificaron por el estilo de escritura, otros por las historias y cosas así. Amigos, conocidos y los que hay entre medio fueron los que poco a poco nos han ido ayudando a correr la voz de la existencia de este blog.

A mí me sacaron rápidamente la foto por el seudónimo y por la historia. Me daba lo mismo en verdad, para mí este siempre ha sido un lugar en donde desenrollar mi pobre cabeza y dar rienda suelta a mis teorías sobre las relaciones entre hombres y mujeres, que no son pocas. Y, como el mundo es un pañuelo, siempre supe que iba a ser cuestión de tiempo antes que mi ex, el Innombrable, llegara aquí y supiera quienes escribimos. Así que también les presento al Innombrable: Boo.

Como sabía lo se que venía, durante un buen tiempo hice caso omiso de los comentarios que el Innombrable dejaba en el blog. Comentarios que claramente aludían al pasado que tenemos en común y que siempre estuvieron bien llenos de pesadez. Pero en pos de la libertad de expresión y en que igual nos subía el rating, me daba lo mismo. Antes de publicar las pocas entradas que publiqué sabía exactamente los comentarios que iba a hacer. Incluso adiviné los que hizo sobre las entradas de mis “colegas”. Pero, me daba lo mismo. Nunca salían del comentario desubicado y mal intencionado al cual nadie le daba mucha bola. Eso, hasta que sencillamente se fue al chancho intentando de ¿explicar su lado de la historia? Qué sé yo.

Cómo diablos funciona la mente de ese pobre hombre a estas alturas me da la mismo, porque tal como dice el profeta del amor “Lo que pasó, pasó”. Pero otra cosa totalmente diferente es venir a hinchar las que no tengo solamente porque sí. ¿Cuál es la idea entonces de intentar explicar sus acciones? ¿O de dar a conocer su lado de la historia si aquí nadie lo conoce?

Innombrable podría ser él, o muchos o ninguno. Innombrable sencillamente es aquél fantasma con el cual todas las mujeres, tarde o temprano, se enfrentan en una batalla larga y dolorosa, la batalla necesaria para hacernos más sabias y hermosas. Claro, en este caso la historia está basadas en hecho reales, pero ¿a alguna de ustedes realmente le importa?

He visto cómo la mayoría de las chicas que nos siguen, sin importar la edad, parecieran haberse enfrentado al monstruo del Ex - Innombrable. Y, aparentemente, han salido airosas de la batalla. Entonces, queridas (y lo digo en serio) en devolución por su paciencia al seguirnos y darnos cuenta de sus experiencias es que quiero compartir mi batalla personal, la última, espero, con mi propia versión del Innombrable.

Solamente una de mis amigas no se sorprendió del último espectáculo del Innombrable. El resto, quienes ya habían dado por hecho lo bajo de su persona, sencillamente enmudecieron al saber lo ocurrido. Sus caras reflejaban el mismo pensamiento “¿Pero cómo caer tan bajo?”. Yo simplemente miré el techo con actitud resignada. Mal que mal, yo también soy responsable del asunto por no haber atajado el tema a tiempo.

Mi amiga, la no – sorprendida, aparte de decirme “Te lo dije” me dijo algo muy sabio: que la única que puede cerrar este tema soy yo. Mientras siga dándole tribuna y alimentando el ego del Innombrable, mas grosso e importante se iba a sentir y más derecho iba a creer tener para "defenderse" si seguía contando lo mal que me dejó. O sea, me estaba quejando del incendio, pero la que le seguía tirando leña era yo.

Tomando esto en cuenta, decidí cortar cualquier tipo de información que este ser pueda obtener de mí y esto, lamentablemente, incluye este blog.

Podría caer en su juego. Tomar los comentarios en cuestión y atacar punto por punto las cosas que dijo. Pero, ¿para qué? Los testigos de toda la historia ya dieron su veredicto y al vida siguió su curso. Y él seguramente (aunque como yo acabo de decir que lo va a hacer, quizás no lo haga) va a dejar algún comentario que supure madurez y sentido común, dejándome a mí como la loca inestable que se merece las humillaciones que pasó. Pero, de nuevo, ¿para qué?

Yo ya tengo clara la historia. Cometí errores, sí. Mi comportamiento no fue el mejor en esa época de mi vida y lo tengo muy claro.

Pero yo no mentí.

Yo no puse el gorro.

Yo no engañé a mis “amigos” para obtener lo que quería.

Yo no me escudé en el “Lo hice porque podía” y ni siquiera fui capaz de articular una disculpa.

Pero por sobre todo, yo jamás ignoré la confianza que me tenían y siempre actué según lo que me dictaba el corazón.

Y ese es mi descanso. Esa es la fuerza que me da fuerza a mí y que espero que a las que no les ha tocado vivir estas relaciones nefastas, encuentren esta fuerza algún día. Que sepan que pase lo que pase, aunque incluso se hayan tragado sus principios, actuaron correctamente. Quizás no fue la mejor decisión o el mejor accionar, pero fue lo que les indicó su corazón.

Chicas (y chicos): agradezco infinitamente sus comentarios, su paciencia al leer mis entradas eternas y créanme que lamento profundamente no poder seguir colaborando en el blog. Pero hay muy pocas cosas que una persona no puede aguantar y una de ellas es el tipo de acciones que Innombrable ha hecho en este tiempo.

Muchas gracias a todos y recuerden que más vale haber amado un instante y morir, que vivir una eternidad en soledad y que frente a la duda, lo mejor es siempre tirarse a la piscina.

Mónica,
La Rabiosa

miércoles, 25 de marzo de 2009

Yo... La no superada

Me da un poco de vergüenza esta entrada, para qué ando con cosas. Todas estas chiquillas tan avanzadas, superadas, maduras y yo aquí en el polo opuesto, pegada con la misma canción hace tanto tiempo.

No me entiendan mal. Ahora estoy emparejada y feliz, con planes de convivencia en el mediano plazo, enamorada hasta las patas de un hombre simplemente maravilloso. Pero en el background de mi propio musical perfecto de Hollywood, sigue sonando una marcha fúnebre con tintes de rock industrial rabioso de fondo.

El 19 de marzo de este año (tengo una memoria monumental) se cumplieron cuatro (¡¡¡cuatro!!!) años desde que me convencí que la cosa no iba para más y terminé con Innombrable. Desde que me di cuenta que el amor no lo puede todo, que la traición cala hondo (muy hondo) y que la mentira duele más cuando uno no ve ni un atisbo arrepentimiento en los ojos del otro.

En realidad es un poco menos de tiempo, tomando en cuenta las recaídas vergonzosas que tuve, pero esa es la fecha que se marcó a fuego en mi memoria y que tiene al lado escrito “¿Liberación?”. Y sigo sintiendo la misma rabia, bronca y furia que sentí a los pocos meses después de haber terminado todo, cuando me seguía enterando de nuevos engaños y nuevas mentiras. De hecho, me seguido enterando de cosas hasta el día de hoy y juro por mi santa madre que me entero porque sí, no porque ande sicopateando (ya no).

Por un tiempo (época pre–novio maravilloso y espectacular) pensé que era porque aún le quería, razón por la cual tuve un par de recaídas (que de puro recordarlas me dan asco). Que si del amor al odio hay un solo paso, pues la cosa a lo mejor también funcionaba a la inversa. Pero me di cuenta que aquí no había amor, sino un odio profundo, oscuro y perverso, de esos que uno lee en las tragedias griegas o en Shakespeare. Un odio que incluso se ve reflejado en una aversión física tal, que las pocas veces que me acuerdo de cuando estuvimos juntos, la piel se me eriza y me dan ganas de vomitar (y ojala fuera solo para dramatizar el asunto).

Siguió pasando el tiempo y creí que el odio y la furia habían amainado. Incluso logré volver a hablar con él y compartir un par de metros cuadrados sin querer cercenarle el pene, sacarle el corazón, hundir su cabeza en aceite hirviendo y escupir en lo poco que quedaba. Pero ese lapso fue muy breve y duró lo que la vida se demoró en hacerme llegar nueva información sobre sus andanzas cuando aún estaba conmigo.

Y básicamente esa es la historia hasta ahora: logro que el odio amaine un poco, establecer relaciones diplomáticas y ya sea por cahuines o hasta por un mal sueño, el rencor vuelve en gloria y majestad a instalarse en mi cabeza.

Si tan solo supieran la cantidad de veces que, sencillamente mirando el infinito, me acuerdo de alguna cosa, algún detalle, una imagen, una sensación, un intercambio de palabras y de nuevo a sentir todo ese odio iracundo y eterno. Llega a niveles casi enfermizos. A veces, acordarme me deja mal y cansada y triste. No es que ande buscando acordarme. Paso una buena parte del tiempo sin pensar en él, pero mi inconciente me ataca cuando me pilla mirando el horizonte y no me deja jamás en paz.

Reconozco que estoy picada. Que creo que una parte no menor de la rabia que tengo se debe a que siento que me pasaron gato por liebre y que (quizás) en parte, yo misma lo permití. También sé que la bronca que tengo es porque me jugaron chueco una y otra vez y yo ahí, siempre ofreciendo la otra mejilla (¿tendrán idea mis padres de lo profundo que llegaron sus enseñanzas?). Y también sé que la furia es porque siento que él no lo pasó mal. Que él me mintió, me engañó, que hizo lo que quiso conmigo, que no fue capaz de darme más explicación que "lo hice porque podía", sin ni siquiera pedir disculpas y después anduvo pasándolo a todo chancho y que ahora me hierve la sangre de sólo pensar que es feliz con otra mina (que casualmente fue una de las perras con las que me gorreó).

Incluso mientras escribo todo esto, en un ejercicio en vano por intentar dilucidar el meollo del asunto, siento cómo me voy enojando, cómo los nefastos recuerdos de casi 3 años de relación inundan mi mente en flashes macabros y como las lágrimas quieren escaparse a toda costa.

Y pienso que la vida es injusta. Que mi sufrimiento fue en vano, que mis lágrimas se derramaron porque sí y que todo lo que hice y aguanté y soporté jamás fue tomado en cuenta por él. Y es como un círculo vicioso del que no puedo salir...

Pero lo tengo asumido. De alguna manera sé que jamás podré hacer las paces con esa parte de mi historia. Que siempre tendré más preguntas que respuestas, que ninguna explicación será suficiente y que pase lo que pase, jamás podré olvidar todo lo que pasó. Ni hablar de perdonar.

Tristemente,

La Rabiosa

sábado, 14 de febrero de 2009

Día de los Enamorados

"Someday, someone is going to walk into your life and make you realize why it never worked out with anyone else."
Cita que pillé gracias a Stumble Upon

Nunca he tenido problemas con las celebraciones que la sociedad "impone" celebrar. Navidad, Año nuevo, Semana Santa, el día del Amigo/Profesor/Secretaria/Mamá/Papá/You-name-it, me da lo mismo. Me gusta celebrar. No me amargo porque sean celebraciones falsas, impuestas por el mercado, que la política, que la religión. Dejo esas reflexiones estúpidas y amargadas para aquellos que disfrutan yendo contra la corriente, sientiéndose ashi eshpeshiales. Yo aprovecho todas estas cosas para verle el lado bonito a la vida (Al menos ahora).

De las celebraciones impuestas las que más me gustan son: Navidad, el Día de la Mamá y el Día de los Enamorados.

Navidad habla por sí sola. Me gusta adornar el árbol de Navidad (no Pascua, pinches ignorantes. Pascua es en Semana Santa), adornar la casa. Aplanar calles y malls en búsqueda del regalo perfecto para quienes amo. No me complica el presupuesto, aunque sea poco es justamente eso lo que a veces necesitan las personas para sonreír. Me gusta la Nochebuena, vestirme elegante y cenar con mi familia, ver los rostros de sorpresa (o a veces de decepción) cuando vamos abriendo los regalos. Es mi época favorita del año.

Me gusta el Día de la Mamá porque es un día terrible. Nunca sé qué regalarle a mi mamá, me estreso toda la semana pensando qué hacer. Siempre termino eligiendo algo apurada y a última hora... Y mi mamá siempre se emociona más porque le llevamos el desayuno a la cama o porque hice un queque el día anterior que con el regalo. Y ver su cara de felicidad siempre es priceless para mí.

El Día de los Enamorados es otro cuento. Nunca he celebrado uno. Antes, porque no había con quien celebrar, simplemente. Después, porque Febrero=Verano=Vacaciones=Mi Casa así que no era posible ir a Santiago a celebrar. Ahora, porque mi amorcirijillo está a chorrocientos kilómetros de distancia y no fue posible que uno de nosotros se pegara el pique. Pero disfruto viendo a las parejas en la calle. Disfruto viendo tanto al flaite con su rosa en mano y un pelushe odioso en la otra, como al que le lleva mariachis a la señora (lo acabo de ver en las noticias, ¡que maestro!). Me gusta ver a los hombres desviviéndose por encontrar un regalo que le asegure una buena celebración y a las mujeres buscando la lencería más bonita.

Ver los restoranes llenos de parejas, las plazas llenas de parejas y globitos de corazón, todas las chicas con una rosa en la mano... Ni cuando estaba soltera y me tocaba vivir el el otro lado de la moneda me molestaba. De hecho, siempre me molestó más la actitud "Ay, celebremos el día de los solos, que estar soltero no es sentirse miserable" es justamente eso: no poder demostrar la mínima cuota de dignidad como para aceptar que a veces nos toca perder. Amargarse y echarle la culpa a la economía/sociedad y decir que estos días no son más que otra excusa para que saquemos las billeteras y despilfarremos, ¡¡¡Qué triste!!!

Y aunque eventualmente podré disfrutar de un Día de los Enamorados como corresponde, tampoco me desespero. Miro a mi alrededor y saber que al menos por un día todo el mundo va a estar sonriente y embobado (o sea, enamorado) es algo que me hace sonreír. Y en estos últimos días, creo que es algo que todos necesitamos.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Tempus fugit

Esta entrada es un poco atípica de acuerdo al tema que nos convoca a quienes escribimos aquí, pero como estamos en Navidad, supongo que podemos sacarnos un rato la bronca y pensar un poco más positivamente. Entonces, esta vez no hablaremos de alguno de mis demoníacos Ex's, sino más bien de las dudas que se presentan a lo largo de una relación y que tiene que ver con algo sumamente delicado y subjetivo: el tiempo.

Para nadie es novedad que el tiempo es relativo. Cuando uno está esperando a alguien, a "ese" alguien, cinco minutos son una eternidad y dan pie a un millón de reflexiones sin sentido. Al contrario, cuando estamos con ese alguien, las noches se nos hacen cortas y siempre quedamos pidiendo un poco más... De tiempo (qué más vamos a pedir, mal pensadas, ¡¡¡jajaja!!!). Por otra parte, cada persona tiene sus tiempos. Lo que para una persona puede tomar meses, para otra es cuestión de segundos. esto me acerca al meollo de esta entrada: ¿cuándo uno sabe que las mariposas en la guata son el preámbulo de algo más serio o son sólo eso, bichos molestando un rato cortito? O una vez que las mariposas en el estómago se vuelven constantes, ¿cuánto tiempo debe pasar para dar el próximo paso? Entiéndase próximo paso como ponerse a pololear, comprometerse, casarse, divorciarse, etc.

Una amiga me contaba hace unos días atrás que el chico con que estaba saliendo aún no quería enseriar todo el asunto. No por un tema de compromiso, sino porque en su opinión todo tenía su tiempo y quería que las cosas se fueran dando así como de manera natural: conocerse, gustarse, enamorarse, pololear. Lo raro del asunto es que lo único que en realidad falta en su relación es ponerle la etiqueta de pololeo, porque todo el resto ya está. Pero en fin, el tema es que él mencionó algunas cosas claves: tiempos y procesos.

¿Cuál es el tiempo correcto para poder enseriar una relación? Más aún, ¿existe efectivamente un tiempo correcto para ponerle ciertos nombres o etiquetas a una relación de pareja? Obviamente todo el mundo tiene su propio reloj interno que le indica cuándo, pero ¿qué pasa cuando ese reloj no conguja con los demás o el de tu pareja?

Porque si es complicado hacer el rayado de cancha al principio de la relación, ¿qué pasa cuando los sentimientos se intensifican y se profundizan? Cuando de repente te das cuenta que la persona que tienes a tu lado es la persona con la que quieres pasar el resto de tu vida, ¿cómo explicas que eso ocurra un par de meses después de conocerse? Yo nunca he creído en esos pololeos de mil años que terminan en el altar (y que terminan todo un par de meses después), pero tampoco me provocan mucha confianza esos amores fugaces de "Te vi, me enamoré y casémonos 3 meses después". Si se supone hay un tiempo y un lugar para todo, ¿por qué las cosas no son más evidentes?

Volviendo un poco a lo de mi amiga, me llamó la atención cuando me decía que claro, había que esperar a que se enamoraran y de ahí construir algo más concreto. Pero cómo, me pregunté, ¿estás saliendo con alguien por un par de meses ya y aún no están enamorados? Puede ser la pésima influencia de las películas románticas, de las novelas rosa, pero ¿no se supone que el enamoramiento es lo automático y es el amor el que se demora en llegar? El enamoramiento es el clic, es la química, las mariposas en el estómago y la ropa interior de encaje sólo por si acaso. El enamoramiento llega de sopresa y es el amor el que toma tiempo.

Y una vez que el amor ya ha llegado, ¿cómo saber que hay etapas que se han quemado y es hora de tomar una nueva y más arriesgada dirección? ¿Es solamente cuestión de sentarse y esperar que el tiempo pase? ¿O se toma la iniciativa, sin importar el lugar o, peor, el tiempo?

El tiempo pasa y su huella es evidente. Pero las decisiones que acompañan al paso del tiempo, no.

Atte.,

La Rabiosa Dudosa

martes, 9 de diciembre de 2008

Solidaridad Femenina

Hay una escena en “Jerry Maguire” (película por lo demás increíblemente sobrevalorada, como todas las de Cameron Crowe) que creo describe a la perfección la solidaridad femenina.

Está un grupo de mujeres (mujeres, no minas, porque todas tenían cara o de que se les había pasado el tren o que se tuvieron que bajar a la fuerza) reunidas en la casa del personaje de Renee Zelweger. Están todas quejándose a horrores de los hombres. Que son hediondos, que son insensibles, que siempre dejan arriba la tapa del water. Y así hasta el infinito hasta que entra en escena Tom Cruise.

Y a todas se les olvida de pronto las calamidades del género masculino y muy poco discretamente se empiezan a asomar escotes, piernas, sonrisas y cuanta invitación no verbal “Tómame y hazme el amor aquí y ahora”.

Para mí esa es la descripción perfecta de la solidaridad femenina: contigo, pan y cebolla… Hasta que aparezca un pico (perdón el vocabulario) de por medio, porque ahí cada cual se las arregla como puede.

Claramente existe la amiga fiel, la que apaña en las buenas y en las malas. La que celebra que hayas encontrado al fin un pinche y la que te espera con la botella en la mano porque el huevón de turno se mandó a cambiar con otra. La que te dice que estás gorda y deberías cerrar la boca y la que se preocupa cuando estás demasiado delgada. Su existencia es a las mujeres algo tan sagrado que muchos hombres temen, de verdad, a la mejor amiga. Pero la mejor amiga es singular, no plural. Y la solidaridad femenina no se resume al tácito pacto de fidelidad entre amigas, sino que se aplica al género entero.

Debo reconocer que mi opinión es un poco negativa y totalmente determinada por todas las amigas que tuve en la adolescencia que me juraron de guata “Ay, si en serio que no me gusta” y a la semana siguiente se andaban besuqueando con el chico que me gustaba. Pero también es algo que he podido observar repetirse en todas partes donde me ha tocado desenvolverme socialmente.

Los hombres cuando se juntan se tiran chanchos, ven fútbol, juegan Play y se ríen de la víctima de turno. Lo sé, porque en los últimos años he pasado rodeada de hombres y he terminado siendo parte clan (¿alguien dijo “My Boys”?). Y cuando uno de los machos lo está pasando mal, a no ser que la mina en cuestión haya sido muy perra hay un código implícito para resolver estas situaciones: aguantar, callar y beber cerveza. Pero nunca, jamás, descuerar a la mina en cuestión e irse en la mala.

En cambio las mujeres, una no alcanza a decir que ha terminado y ya están encima descuerando al rey muerto. Que era feo, que tenía mal aliento, que “igual siempre me miraba como buscando algo más” y, la clásica, “la tenía chica” (eso de que el tamaño no importa es mentira). ¿Qué tipo de solidaridad es esa?

Claro, pueden alegar y decir “es que una amiga no te diría eso”, pero recuerden que no estamos hablando de la amigui de la vida, sino del género en general, valga la redundancia.

¿O acaso nunca se han dado cuenta que es cuestión de minutos antes de que minas que jamás se han visto en la vida sean capaces de dar rienda suelta a los comentarios más ponzoñosos y malignos sobre X, Y o Z?

Por eso, a mí cuando me hablan de solidaridad femenina y Girl Power y toda esa patraña, prefiero mirar al cielo y hacerme la huevona (que igual no me cuesta).

Nada menos confiable y solidario y más peligroso que un grupo de minas con tiempo para ponerte atención.

La Rabiosa

jueves, 13 de noviembre de 2008

¡Déjame tomar en paz!

La gente cuando anda empiernada cambia y es una verdad que no tiene nada de nuevo. Lo que sí llama la atención es cuánto cambia la gente. O cuánto exige el otro que cambies tú.

Me gusta salir y me gusta tomar. Soy amiga de mis amigos y cuando hay que armar un carrete todos me miran a mí para organizarlo.

Varias de mis amigas son iguales (aunque ninguna tiene una sed como la mía) y los diferentes amigos que he tenido siempre han sido buenos pa’l hueveo. Y ahora que ha pasado harto copete por mi garganta, es algo que no estoy dispuesta a transar.

A Andrés lo conocí en la Universidad, carreteando. Los carretes llevaron a las conversaciones lo que llevó a lo obvio y al poco tiempo comenzamos a pololear. Hasta ahí, todo bien. Disminuimos un poco las salidas en patota para poder pasar más tiempo juntos, lo que me pareció normal.

Pero de manera casi imperceptible comencé a pasar más y más tiempo con Andrés, hasta que se convirtió en mi único mundo. Dejé de ver a mis amigos y de ir a la U. Las salidas a carretear eran cada vez más esporádicas y con el pasar de los meses cada vez terminaban peor.

Si salíamos juntos, en el mismo momento en que mis manos se posaban en un vaso, Andrés levantaba una ceja y dejaba de interactuar con los demás, para quedarse solo en un rincón fumando, mientras yo era el centro de atención.

Como cada vez veía y salía menos con mis amigos, intentaba aprovecharlo al máximo, intentando mantener el equilibrio entre los ronaldos y las copuchas. Andrés cada vez con peor cara. Cuando yo llegaba a la tercera o cuarta copa, Andrés rumiaba un “Me voy” y se iba.

La primera vez quedé media pa’ dentro. Pensé que era una broma y cuando pasaron los minutos y no había rastro de Andrés, salí a buscarlo. Lo encontré a unos metros del local donde estábamos.

¿Por qué te fuiste?”, pregunté extrañada. “Me carga que tomes y como te pones cuando tomas. Si quieres te puedes quedar, pero yo me voy”. Tiró su pucho al piso y comenzó a caminar.

Error 1: Haber salido a buscarlo. Si no hubiese salido, el pastel se hubiese visto obligado a irse solo (era y es demasiado orgulloso) y yo hubiese seguido pasándolo bien con mis amigos.

Error 2: Haber salido demostró cuán manipulable soy. Una ceja levantada y un bufido enojado bastaban para que Andrés lograra que yo hiciera lo que él quería.

Recuerdo haber querido preguntarle (gritarle) cómo cresta podía decir que no le gustaba que tomara si me conoció media ebria carreteando en la Universidad y con o sin copete (y con y sin él) siempre sido igual de centro de mesa. Que cómo no se daba cuenta que había abandonado a las personas más increíbles de mi vida (increíbles porque aún así siguieron siendo amigos míos) solo por estar con él.

Pero la cosa no acabó ahí. Pensé que como el drama era que él me viera tomar, comencé a salir sola, con gente que él no conocía (para incluso ahorrarle las molestias de los comentarios de lo que había hecho-dicho-tomado). ¡Craso error!

No contento con armarme show antes de salir, comenzaba a llamarme cada veinte minutos para saber cómo estaba, con quién estaba y dónde estaba. Y seguía así hasta que yo llegaba a mi casa, hecha una furia con él por ser tan paco y no dejar que disfrutara mi carrete y hecha una furia conmigo por ser tan imbécil como para permitirle hacer todo eso.

La historia no duró mucho tiempo más así. Al final por insoportable se llevó la rotunda PLR y no lo volví a ver más.

Moraleja

Una puede ceder en muchas cosas. Ser más paciente, amable, tierna. Aguantar los gritos desaforados cuando juega Chile y de vez en cuando la llamada ebria “te esssstraño, mi amorrrrrr”. Filo con todo eso. He descubierto que los hombres generalmente terminan cediendo más que las mujeres en pos de evitar peleas sin sentido (de las cuales las minas tienen la culpa el 90% de las veces).

Pero hay algo que uno no debería estar dispuesta a transar jamás: la honestidad con una misma y con su forma de ser.

En mi caso particular, me enseñó a incluso poner más pino a la parte más detestable de mi persona (lo centro de mesa y buena pal gritoneo y el copete), pero más bien para usarlo como un slogan encubierto: “Hey, así soy yo, lo tomas o lo dejas”.

Y hasta el día de hoy, cada vez que me tomo una cerveza, me acuerdo de Andrés y solamente sonrío. Por la cerveza. Por la libertad.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Las cosas que hacen feliz a La Ex

Por encargo de Verónica =)



- Soy feliz cuando despierto y compruebo que por fin dormí más de 8 horas.




- Soy feliz cuando logro golosear y chanchear sin culpas…




- Soy feliz cuando escucho música movida y bailo frente al espejo sin importarme nada más que seguir el ritmo =P



- Soy feliz cuando puedo darme el gusto de dedicarme un día a mi misma y regalonearme: hacerme la manicure, ir a la peluquería y que me peinen, darme un largo baño de tina con sales aromáticas. Mejor si luego puedo salir y sentirme bella gracias a todo lo anterior.



Slds!!!

lunes, 6 de octubre de 2008

La recaída

Las recaídas por aburrimiento son las más comunes y las que nos pueden dejar más de alguna anécdota para la posteridad. Son aquellas que pasan porque hace tiempo que no pasa nada de nada, no tienes qué hacer y empiezas a recordar viejos tiempos y te acuerdas de ese (o esa, ahora que tenemos uno que otro macho entre nuestros lectores) ex con el cual no terminaste en mala, pero por cosas de la vida nunca volviste a ver. Y te acuerdas de él. Que qué habrá sido de su vida, si se acordará de ti.

Con José nos conocimos en primer año de Universidad, en la Fiesta Mechona. Salimos por un par de meses hasta que me bajó la zorriática* y me hice humito. Nunca más lo volví a ver. Él siguió intentando contactarme de alguna manera, pero yo eludía sus acercamientos magistralmente. No me acordé de él durante mucho tiempo hasta que el año pasado algunas circunstancias de la vida lo trajeron de vuelta a mi vida. Y me vi enviándole un mensaje de texto, preguntando qué era de su vida, si quería que nos tomáramos algo, for old times sake.

Nos juntamos y nos fuimos a un bar de mala muerte a beber unas cervezas. El tugurio era un asco (de hecho, hasta me robaron la mochila), pero a medida que pasaban y pasaban las cervezas, me fue invadiendo una sensación extrañísima.

Él seguía igual. No había cambiado su manera de vestir, ni de hablar. Estaba tomándose un semestre sabático de la universidad y sus padres finalmente se habían separado hace un tiempo atrás. Seguía con esa manía que tiene tanta gente de exigir que la miren a los ojos cuando hablen. Y seguía tratándome con una delicadeza con la cual muy pocas personas me han tratado en la vida.

Gracias al alcohol fuimos adentrándonos en terrenos más escabrosos. Él me habló de su ex, yo del mío. Nuestros caminos se habían desarrollado casi en paralelo, siempre a punto de volverse a encontrar. Él me dijo que se había cansado de buscarme, que incluso se había pegado varios piques a mi campus con la esperanza de encontrarme en algún rincón riéndome a carcajadas con una chela en la mano. Yo le confesé que siempre me había sentido pésimo por no haber intentado siquiera esbozar una explicación.

Al darme cuenta que mi mochila había desaparecido (con mi pase, las llaves de la casa y la plata de devolución de impuestos en la billetera) ya tenía tanta cerveza en el cuerpo que me dio lo mismo. José se ofreció a irme a dejar, yo le respondí que se quedara en mi casa esa noche (¡¡¡Juro que sin segundas intenciones!!!).

Llegamos a la casa y como lo único que teníamos era una sed gigante, abrimos una botella de vino que quedaba por ahí. Seguimos conversando sobre mil y una cosas, hasta que en un momento sentí su brazo a mi alrededor y al sentirlo tan cerca, fue como si algo se rompiera dentro mío.

Nos besamos y acariciamos por un largo rato y fue raro. Rarísimo. A él le gustaba bastante el asunto y se había empezado a entusiasmar bastante. Yo, por el contrario, lo único que quería era que se mandara a cambiar y recordé porqué me había mandado a cambiar: con él no me pasaba nada. Me encantaba su pasión por la política y su solidaridad con los demás. Me gustaba como me trataba y me hacía sentir como si fuera lo único importante en el Universo. Congeniábamos increíblemente, pero solo en un nivel mental/sicológico/idealista. A nivel carnal, no pasaba nada. O al menos a mí no me pasaba nada con él. Hasta me acordé de la una vez que valientemente se había atrevido a tocarme una pechuga y yo respondí con un combo en la guata. Cuando esto llegó a mi memoria, la carcajada no la pude contener y él, que estaba más preocupado de otras cosas me quedó mirando con cara de plop. Hubo un instante de silencio en el cual ambos tomamos cuenta el tiempo que había pasado entre los dos y nos dimos cuenta porqué las cosas habían sido como habían sido.

Para alivianar la tensión le dije: “Sigues igual. Hasta hueles igual a como yo recordaba”. A lo que él me respondió “Tú no…” y sin darme tiempo para responder o, por último, descifrar su expresión, se dio media vuelta y se puso a dormir.

Yo me quedé ahí, mirando el techo, sin saber qué pensar. Pero el alcohol pudo más y me quedé dormida también.

A la mañana siguiente, me levanté en silencio y me arreglé para ir a la Universidad. Lo desperté cuando yo ya estaba lista (obvio, ni ahí con que me viera con el rímel hasta el cuello y cara de caña infinita) y nos fuimos.

Ese viaje en metro debe haber sido el más largo de mi vida. José miraba al horizonte en esa expresión indefinible que tenía cuando estaba pensado en muchas cosas, mientras yo no hallaba qué hacer/decir para que el viaje no fuera tan terriblemente silencioso e incómodo.

Los altoparlantes del metro anunciaron que estábamos en la combinación donde él se tenía que bajar. Me miró, me abrazó y me susurró al oído “Que te vaya bien”, se dio media vuelta y se alejó lentamente entre la multitud.

Nunca más nos volvimos a ver.

La Rabiosa

* Zorriática: dícese del ataque de pánico/miedo/asco/sentimiento indescrptible que le bajan a las muejeres de vez en cuando y que las hace ponerse cuáticas. O sea, la zorriática a mi esa vez me hizo salir corriendo. También ha hecho que trague el orgullo y aguante las del infierno. O que me agarre con una amiga de años por puras estupideces. Es peor que la regla y los cambios de humor hormonales. Es la zorriática.

martes, 23 de septiembre de 2008

¿Por qué soy buena gente?

En el fondo, soy buena gente. Me río de la desgracia ajena, pero no me alegro. Lo que pasa es que mi humor negro – negro a veces hace creer que soy una heartless bitch. Y nada más lejano a la realidad.

Para que se entienda: Innombrable hizo conmigo lo que quiso. Me gorreó en innumerable ocasiones, me mintió en muchas más y barrió el piso conmigo como quiso.

La cosa es que en mis múltiples discursos de venganza, además de pedir su cabeza en una bandeja de plata (mostra Salomé), siempre quise que él se sintiera como me sentí yo. Es decir, que lo engañen frente a sus narices. Una sola vez. Que sienta ese desgarro en el corazón al darte cuenta que la persona en quién confiarías tu vida no es más que un patán calentón que con tal de satisfacer sus bajos instintos es capaz de envolver la cabeza de su madre en la bandera nacional y proceder.

El otro día, revisando su blog (vicio porfiado que aún no puedo dejar) él contaba que lo habían engañado. Que se sentía raro, mal.

Y yo, en vez de saltar en una pata e irme de farra con mis amigas, me vi intentando conseguirme su celular y enviándole un correo preguntándole si necesitaba hablar con alguien, mal que mal, nadie mejor que yo para escuchar las penurias amorosas de los engañados.

Algo hizo que me arrepintiera antes de apretar “Enviar”. Dejé las cosas ahí, tal cual, guardadas en esa maravillosa opción "Borradores" de mi email.

Pasaron los días y volví a leer el post en cuestión, pero esta vez terminé de leerlo completo.

El post dice que todo es una mentira, que el que se ríe último siempre se ríe mejor y toda esas patrañas que le gusta repetir tanto a Innombrable.

Yo me quedé plop. Sé que escribe esas cosas porque yo las leo. Eso del yo sé que tú sabes que yo sé. También sé que su juego favorito es meter la mente de las personas que lo rodean en una juguera solamente para ver qué pasa. Y sigo cayendo. Una y otra vez, no hay caso, no aprendo. Los buenos valores inculcados por Papá y Mamá y la misa dominical surtieron un efecto demasiado profundo.

Lo bueno es que ahora ya no me duele tanto como antes. Sí, en el primer momento volví a desear su cabeza (y lo que cuelga entre sus piernas) en bandeja de plata. Pero duró tan poco que hasta yo misma me sorprendí. Me di cuenta, no en un aspecto soberbio, que soy mejor que él. Que tal como dijo una amiga mía: “Haga lo haga, Innombrable siempre te va a estar buscando a ti. En otras, muchas, pero a ti. Ése es su castigo. Que nunca más te va a volver a encontrar”.

Odiosamente,
La Rabiosa

martes, 26 de agosto de 2008

Nunca aprendo

Creo que este año tuve el mejor cumpleaños de mi vida. Celebré en familia, con los amigos, bailé hasta caer muerta y me tomé hasta la molestia. Era perfecto. Digo “era” porque todo iba de lujo hasta que tenía que llamarme el Innombrable para decirme “¡Feliz Cumpleaños! Que tengas un día súper”. O sea, no me llamó. El muy breva me envió un correo, pero para mí que vivo y respiro a través de la web, es lo mismo.

¿Quién se ha creído que es? ¿Por qué tiene que andarme deseando una vida feliz cuando lo único que quiero es verlo arder en el Infierno? Lo que más me dio rabia es que de verdad me agrió el día. Y que no pude contenerme y responderle que se metiera sus buenos deseos por donde le cupieran porque hace harto rato que no son mutuos.

“Lo maté con esa frase”, pensé ingenuamente, “ahora debe estar arrepintiéndose y revolcándose en la cama con su nueva peuca para olvidar las penas” (Innombrable siempre pasaba sus penas revolcándose con gente, menos conmigo claramente). Pero el muy madafaka me respondió “Uy, me haces llorar”.

Ahí me fui a la mierda. Ando de un humor asqueroso, con ganas de quemar vivo a medio mundo, empezando por Innombrable, obvio. Me da rabia que todavía despierte esta rabia en mí, que todavía no pueda asimilar las cosas que pasaron. Que vea a Príncipe (mi flamante nuevo novio) con ojos desconfiados de vez en cuando, pensando que se demora para llegar a nuestras citas porque su mistress no lo deja irse.

¡¡¡Arg, furia infinita, ardiente y fulminante!!! Te maldigo, Innombrable en el nombre de la Luna y de todas las mujeres que has hecho sufrir. ¿Por qué no fui polite no más y le respondí con un escueto “Gracias”? O aún mejor, ¿cómo no se me ocurrió sencillamente borrar el correo y hacer como si jamás lo hubiese visto? A pesar de que esa fue mi acción inicial, no pude sino ir a buscar el maldito email y tenía que responderle.

¿Alguien sabe dónde dictan clases de manejo de ira?

Rabiosa

miércoles, 6 de agosto de 2008

El Innombrable

Siempre espero encontrarme con el Ex en alguna parte. He perdido largas horas imaginando situaciones hipotéticas para ese encuentro.

A veces lo imagino estando él solo y yo con mi flamante nuevo novio. Ver el rostro del Ex rojo de rabia y de celos. Que no pueda despegarme los ojos de encima.

Otras, me gustaría encontrar a su novia nueva (con la que me engañó) en actitudes sospechosas con otro hombre. O a él mismo con otra mujer. Verlo y que mi sonrisa cubra mi rostro, sabiendo que la venganza al fin ha tocado mi puerta.

Quiero restregarle en su cara que sin él soy feliz, soy libre, soy una mujer nueva y liberada. Hacer que se sienta la peor escoria del planeta por haberme dejado ir, por haberme tratado como lo hizo. Hacer que se arrepienta y sufra todos los días por el resto de su maldita vida. Pero nunca pasa nada.

No lo veo hace varios meses ya y las únicas noticias interesantes que he tenido son las nuevas adiciones a la larga lista de mujeres con las que me engañó. Mal.

Y ya que no lo veo, muchas veces me he encontrado escribiéndole correos incendiarios, en donde le digo que de verdad creo que todo lo malo que pasó entre nosotros es su culpa. Que yo jamás le mentí, ni lo engañé. Que aguanté su nula capacidad de sociabilizar y dejé de salir por casi tres años. Y lo peor ocurre cuando empiezo a hablar del sexo (casi inexistente) entre los dos.

Tengo ganas de publicar a los cuatro vientos que la sola idea de follar con él me repelía tanto que las pocas veces que nos acostamos siempre terminé llorando, porque quería estar en cualquier lugar menos ahí. Que por su culpa pasé años convenciéndome que el sexo no era importante, que la gente le daba mucha importancia, que lo de verdad importante era la trascendencia del amor entre dos personas. Que luego de que definitivamente terminamos pasaron meses, MESES, antes de que la idea de que otro hombre me tocara no me causara angustia y pánico. Me sentía como la víctima de una violación que se repitió muchas veces. Y lo que me da aún más rabia es pensar que con ese monstruo ególatra y antisocial perdí mi virginidad.

Y siempre termino preguntándome lo mismo: ¿cómo aguanté tanto? ¿Cómo pude justificar sus engaños una y otra vez? ¿Cómo permití que me usara una y otra y otra vez hasta el cansancio?

Lo bueno es que he llegado a varias conclusiones:

Lo que sentía por él no era amor, sino dependencia. Como el alcohólico depende de su botella, yo dependía de él.

No hay mal que por bien no venga. Ahora parezco una adolescente en plena revolución hormonal, queriendo acostarme con mi pololo a toda hora y en todo lugar. Quién lo diría, luego de que el Ex me tenía convencida de que yo era frígida.

El Ex me ha dado buenos motivos para canalizar mi ira escribiendo, lo que ha tenido buenos frutos en mi escritura (espero).

Sin embargo, el saber que está feliz, que desde que terminamos lo ha sido aún más, me llena de furia y de peticiones de Justicia Divina. ¿Por qué tuve que seguirlo pasando mal tanto tiempo y el Ex lo ha estado pasando tan bien? Ni siquiera me voy a meter a hacer comentarios sobre cómo tuve que convertirlo en persona relativamente decente, al menos no ahora.

Rabia. Pura rabia me inunda cuando pienso en el Ex. Por eso, nunca voy a volver a perdonar a nadie.

Atentamente,
La Rabiosa

 
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