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martes, 25 de mayo de 2010

La Hormonal

Si hay algo que en verdad detesto de mi género y congéneres es la manía de echarle la culpa a las hormonas de los estados de ánimo.

Es cierto, está comprobado científicamente que hay una relación entre el ciclo menstrual y los cambios de humor de las mujeres, pero de ahí a tener como cartita bajo la manga el temita cada vez que una se pone sensible, come on!!!

Recuerdo que antes de conocer las maravillas de la píldora, nunca tuve grandes problemas con mis cambios de humor -siempre hay una clara tendencia a andar de mal humor en mí, jajaja!!!- y que la regla no cambiaba en lo absoluto la situación. Si había que hacer educación física, filo, mayor cuidado con el tema no más. O si me sentía ¿más sensible? que lo normal nunca se lo achaqué a las hormonas, sino a mi propia personalidad un tanto voluble. Mis compañeras, en cambio, exigían trato especial en esos días del mes. Que no podían rendir lo mismo, que estaban más sensibles, que no podían prestar atención como siempre. Los profes -generalmente los hombres- creían la cuestión como si fuera la verdad más absoluta del universo: si una mujer está con la regla, mejor dejarla en paz y decirle amén a todo.

En mí humilde opinión eso es una gran mentira. Si bien hay una correlación hormonas/humor, la cuestión no puede ser para tanto. ¿Estás adolorida? Tómate algo, lo mismo que si tuvieras un dolor de cabeza. ¿Más sensible de lo normal? Patrañas, todas las minas somos más sensibles de normal y la regla es la excusa para poder validarlo.

Yo siempre he mirado con compasión a aquellos pobres pajaritos que tienen que decir amén a lo que diga la polola porque está en esos días. Yo que tomo pastillas desde tiempos inmemoriales, solucioné los cambios de humor y el sufrimiento probando y probando hasta que encontré la hormona adecuada. Jamás le eché la culpa de mis cambios de humor a las hormonas, ni menos me puse más insoportable de lo normal por el tema (lo insoportable en mí es como natural).

Hombres del mundo, ¡despertad a la verdad! Eso de achacarle a las hormonas los cambios de humor, la pesadez, lo bruja e insoportable es solamente una gran exageración de la verdad que le ha permitido al género femenino el control del mundo.

Aunque, pensándolo bien, si usted, joven mozuelo, deja que lo ninguneen bajo la premisa de "esos días", se merece seguir siendo ninguneado hasta que aprenda a no ser tan... huevón.

Juana La Loca

lunes, 16 de noviembre de 2009

Sra. Flaite (o la otra reparadora de hombres)

Para aquellas que todavía piensan que “contigo pan y cebolla”.


Para aquellas menores de 25 que creen que apuntar al tipo “resuelto económicamente” es frío y calculador.

Para aquellas que creen que hay que seguir los impulsos de amor… (eufemismo de la historia que oculta nuestra natural calentura animal).

Ahí les va una pildorita….

Érase una vez una niña de unos 20, que había ido a un buen colegio, iba a una buena universidad, vivía sola en un lindo departamento y tenía un selecto grupo de amigos.

Hasta que una noche, en medio de una discotheque, polera ajustada, el cuerpo marcado, bailando como negro en carnaval, un tipo algunos años mayor se mostraba como lobo en el sudado bosque esperando la presa.
Y ahí entro yo, torpe y tincada.
No solté al prospecto guapo hasta que me dieron calambres en los gemelos, disimulados por un “¿vamos a la barra?” que salió de mis labios.
Antes de saciar la sed, nos besamos apasionadamente, mientras yo sentía que el dolor de mis calambres se escabullía por mi entre pierna hecho calor y ansiedad.
No fue hasta pedir el trago que me di cuenta de que remábamos en botes distintos.
-¿Qué vas a tomar? – Le pregunto
- No sé, lo que estés tomando tú… - Me dice con la despreocupada actitud de quien no tiene un peso para invitar a una chica…. Y no le da ni una pizquita de pudor de macho cabrío discothequero.
- Pero dime, yo te invito- Insisto

- Ya, un güisqui- Me dice

Como si esto no coronara mi íntima humillación, de camino a la pista me dice “que riiiiiiiiiicoooooo”, probando su trago. Muy bien, pidió el trago más caro porque no lo había tomado antes. O sea he sido brutalmente usada. Y dice “¡Qué rico!”, ¡Qué horror!, tengo que huí. Pero a los dos segundos de ver el mundo con cordura, me tomó entre sus brazos fuertes, me apretó con su pecho marcado, y me hizo flotar en sus bien dados besos.

Y pasó el tiempo. Y siguieron los besos, y el sexo increíble, y mis invitaciones a tomar un trago o a comer. Pero ya que la vida sigue y a cada paso pesa, convirtiendo los detalles que no vemos en el ensueño del enamoramiento en grandes detalles que vemos crecer cada día, empecé a sentir algunas disconformidades.

Sentí la enorme carencia de conversar de algo más interesante que las películas de Jean Claude Van Damme o las peripecias en su nada apasionante trabajo, empecé a cansarme de tener acción en la cama mañana, tarde y noche así, sin más, rebuscando palabras de amor, admiración y nexo que alguna vez usé con más sinceridad. Empecé a notar que ante una linda canción yo estiraba la mano y decía “¿bailemos?”, y el decía “chaaaaaaaaaa, ¿para qué?” y seguía viendo la televisión. Empecé a hartarme de que vaciara mi refrigerador después del trabajo, que usara mi cepillo de dientes, que se quedara en mi casa todos los días, que jamás me llevara un obsequio, que jamás me invitara un trago y que después de una buena cena, tomara lo restante en un pirex y me dijera “le voy a llevar lo que quedó a mi mami, para que lo pruebe, es que ella nunca ha comido de esto y está tan riiiiicooooo”.

Entonces, en un momento en que estaba encontrando, para variar, algo “riiiiicoooo”, vi, como una epifanía, mirando su cuerpo tostado, su trasero duro, sus brazos fuertes de trabajador, que ese hombre definitivamente no era para mí.

No era para mí, ni mucho menos para mis amigos, ni para mis padres, ni para nadie. De hecho ni siquiera lo amaba, pero entre la calentura y ese fuero interno compasivo que me condena, seguía con él. ¿Qué hago?, ¿Lo dejo?, ¿Lo educo?

Y ahí, es, marabunta del infierno, en que empecé a pasarte plata debajo de la mesa para que pagaras mi cuenta delante de mis amigos, que te enseñé a no sorbetear el té, a no decir “riiiiiicoooo” cada vez que probaras algo nuevo aunque estuviera realmente rico, a invitar a tu madre a comer en vez de llevarle sobras de los lugares que visitas, a lavarte los dientes antes de hacer el amor en la mañana, a no gritarme ni burlarte de mí a boca de jarro delante de la gente, a no levantarme la mano ante tus celos de mis amigos “cuicos” según tú, a ver películas que no son de acción aunque sea para disimular delante de una mujer, a decir “¿te ayudo en algo?”, a decir “No te preocupes, yo invito” y tantas otras cosas que un hombre ad portas de los 30 no puede desconocer.

Ya me había convertido en musa de Arjona con tantas cosas que te había enseñado. Además de tener el pelo más opaco, una –mi primera- arruga al costado del ojo derecho, un poco de temblor en el mismo ojo, y el colon tan dañado que pese a haberte enseñado tantos modales me convertía en la señora pedorra todas las noches.

Había envejecido diez años en 24 meses. Y en eso, toda la energía con que bailábamos esa noche de hace tanto tiempo en la discotheque, esa alegría con que tuvimos sexo como conejos durante tanto tiempo, se esfumó y ante tus ojos me volví una mujer tan carente como fuiste tú antes de tu inducción a la decencia.

Fue así como te ví hace dos semanas, después de meses sin tu ropa en mi closet, sin tu toalla del Colo-Colo en mi logia, sin tu cuerpo calientito al lado izquierdo de mi cama.

Te vi bajar de un auto que tú conducías con naturalidad –seguro lo compraste con todo lo ahorrado mientras vivías conmigo-. Entraste a un restaurante con una chica que irradiaba la alegría y la soltura de quien no ha vivido el drama de la diferencia. Ella te miraba obnubilada. Seguro le hablabas de los buenos restaurantes de Santiago, de las películas que uno no puede dejar de ver, o del sentido altruista de tu modesto trabajo.
He creado un monstruo. Pero uno que ahora sí me gusta.
Me fui con la amargura de haber hecho de ti algo cercano a lo que soñaba que fueras para mí, y que ahora lo fueras para otra. Sentí que había sido durante dos años conciente e inconciente, voluntaria e involuntariamente usada.
Sentí el impulso de devolverme, pero no lo hice. Sería una rotería. Y me guardé mi discurso para la pobre nueva víctima.

¿Sabes? Yo te lo dejé limpiecito, sin blin blin, educadito, con proyectos, con un discurso hechito para no quedar de ingnorante y un par de tips para no quedar de flaite. Pero no te libré de su entorno ni de su íntima estructura, y cuando lleguen sus amigos a embarrarte los sillones, cuando lleguen sus padres a vaciarte el refrigerador, cuando se tome unos tragos y te trate de ramera sólo por haber ido a la universidad y conocer gente que habla de corrido, cuando te levante la mano y después llore diciendo que es tu culpa, ahí te quiero ver, jovencita. Ahí te quiero ver.
Loca de Patio

viernes, 23 de octubre de 2009

Punto de quiebre

De pronto, los días comienzan a ser más largos, hay más luz, un viento que disipa las nubes grises del invierno y nuestros sentidos nos dicen que hay que despertar... ahí está la primavera, con sus pajaritos cantando, sus mariposas volando y sus árboles florecidos, digno de una película cualquiera de Princesas de Disney. ¿No es bello?

Pues para mí no. Detesto, detesto la primavera. No sólo por las alergias que hacen que lamente verme cada mañana al espejo con los ojos hinchados, la nariz roja y sarpullido en la piel. No sólo porque me moleste el cambio de luz y pase dos meses con jaqueca, ni porque tengo que crear toda una estrategia de defensa contra los bichos voladores chicos, que me atacan impulsados por el viento. No sólo porque me da asco la 'florecencia' de la cursilería en todas partes, la gente apareándose por ahí irracionalmente, sin control alguno de sus hormonas, qué repugnante!

Parejas besándose sonoramente en el metro, toqueteándose... me dan ganas de ir a darles las gracias por hacer que el precio de mis pastillas suba cada año, con los farmacéuticos sobándose las manos por los ingresos extra que les significan esta manga de... personas afectadas por la fiebre primaveral.

Pues no, todo eso lo detesto, pero una de las razones principales de mi profundo odio hacia esta estación es que siempre termino en primavera, 'la estación del amooors´.

No sé por qué razón, entre septiembre y noviembre mis relaciones peligran. Hay quiénes creen que todos pasamos por las "crisis de los 3 meses", la "crisis del primer año", la "crisis del año y medio" y así un largo etcétera. Otros dicen que si una relación sobrevive a las temibles "vacaciones de verano" o "de invierno" es algo que va en serio. Como si la gente se demorara una cantidad de tiempo exacta en 'notar' las desaveniencias o fuera incapaz de soportar la llamada 'viudez de verano' -Aunque esto último es posible, tomando en cuenta el comportamiento hormonal de algunos-.

La verdad, no sé si para alguien se cumplan estas reglas, lo que sí sé es que la primavera ha resultado ser fatal para mis experiencias amorosas.

Es como si en esta época estuviera más predispuesta a estar chata y decir "Pta, si no se la juega él, entonces esto no va para ninguna parte". Es la época en que suceden las grandes peleas, los "tenemos que hablar", los "trataré de cambiar" y los "démonos un tiempo".

¿Seré yo? De pronto veo que hay algo: una actitud, una situación que no me gusta, y la converso, la trato de solucionar, ser colaboradora, participativa, buena onda... pero nada, vuelvo a mirar y sigue ahí, como burlándose de mí.

En septiembre noté que A era un egoísta que sólo pensaba en su carrera. En octubre terminé con R después que su manía de coquetear con una de sus amigas sobrepasara el límite de mi paciencia. En noviembre murió mi idilio con J, muy apuesto pero incapaz de juntar 3 frases coherentemente. Y de nuevo en octubre, paso por mi crisis eterna primaveral, esta vez porque encuentro que mi galán es un poco tosco y rudo a veces para expresar lo que le molesta.

Supongo que está bien decir que una tiene sus límites y que hay cosas que jamás dejará pasar, yo por ejemplo me dije mucho tiempo atrás que jamás estaré con un hombre violento, irresponsable, infiel y ególatra (basta que cumpla sólo una de estas condiciones para que no vuelva a ver mi sombra). El problema es que, al ser tan fiel a mí misma, apenas veo cualquier atisbo de problemas salgo huyendo por la puerta más cercana, tratando de no mirar atrás para no volverme sal.

Ahora, con un poco más de experiencia en el cuerpo, estoy cansada de correr y refugiarme. Estoy cansada de perder. Miro parejas que llevan 30, 40 años de casados, y son capaces de quererse y amarse como si nada. O como si mucho, porque me imagino que deben haber pasado por problemas y que, contrariamente a lo que yo hago, los deben haber resuelto.

Pero ¿cómo se logra eso, Dios mío? Vez tras vez me he topado con personas tan o más testarudas que yo, que les cuesta confiar y sobre todo ceder. O que te dicen "Está bien, lo hago" y lo dejan para más rato, con la esperanza infantil de que se te olvide. ¿Alguien ha visto que eso alguna vez funcione? ¿En la vida real?

Ah... Yo sólo quiero encontrar un gran amor, como los de antes.

Liss

martes, 29 de septiembre de 2009

La Mala Ex

En esta entrada quisiera realizar una auto-crítica y una confesión. Soy una mala ex.

Si bien creo que puedo ser una buena pareja y polola, no soy una buena ex, de hecho, temo ser la ex que es la pesadilla de todo hombre. No siempre, claramente. Pero en las relaciones más significativas que he tenido, me ha costado mucho dejar atrás y creo que eso en un par de ocasiones me ha convertido en una pésima ex.

No perdono. No olvido. No quiero romper el vínculo. Sigo necesitando hablar con él después de que terminamos y me cuesta romper con la costumbre de contarle mis cosas y mis días. Lo quiero ver. Lo amo. Luego lo odio cuando me doy cuenta que no vamos a volver. En resumen, soy un desastre.

Creo que demás está decir que estas cosas no pasan cuando la relación la termino yo. Ha pasado en esos "mutuos acuerdos" de que las cosas están realmente podridas o cuando de frentón me han pateado.

Quisiera decir que he cambiado. Que ahora soy mucho más madura. Que no los persigo, que no me obsesiono con si habrán seguido adelante con sus vidas y tienen una nueva novia. Que no los resiento por meses y meses por el daño que me hicieron o lo mal que alguno me trató. Que apenas terminamos los borro de msn/facebook/memoria del celular, no los molesto ni los busco más, hasta que eventualmente perdono (si corresponde), dejo atrás y les deseo lo mejor. Y creo que he crecido un poco, sí y que antes cometí errores que no he vuelto a repetir. Pero no sé hasta qué punto.

Hace un tiempo me junté con un ex e hicimos un ejercicio realmente positivo. Nos dijimos todo. Con esto quiero decir TODO, no me guardé ninguna de las cosas que antes de encontrarme con él pensaba "quizás le digo esto pero depende". No, le dije todo y él me dijo todo lo que tenía que decirme y fue liberador. Cualquier resabio de odio o resentimiento siento que con esas palabras desapareció y también con sus disculpas. Pero no es este ex quien me preocupa, pues debo admitir que con él aprendí un poco de mis errores anteriores y no hice las cosas TAN mal al terminar. Me preocupa más cómo me comporté con un ex anterior. A él quizás yo tendría que pedirle disculpas.

Sin embargo, no me siento capaz de hacerlo. Me gustaría hablarle y saber de él. Me gustaría disculparme por mi comportamiento posterior a nuestro término. Pero lo siento injusto si él no se disculpa por su comportamiento previo a nuestro término. Lo cual a su vez sería injusto si yo no me disculpo y le doy una explicación por un mal comportamiento mío previo al suyo. Sería un montón de entuertos qué explicar y qué arreglar, disculpas qué ofrecer, cosas que en su momento no entendí y ahora veo claro qué expresar. Y siento que haciéndolo quizás sólo enredaríamos más las cosas. Porque ésa fue nuestra relación, un gran enredo, una cadena de errores, de equivocaciones, mal timing y circunstancias ajenas a nosotros como pareja que manejamos muy mal. Ambos. Responsabilidad compartida. Y a veces miro el río y siento que ya pasó demasiada agua por él.

Supongo que siento que nuestra relación fueron tantas buenas intenciones (de ambos) mal encauzadas, que temo que unas disculpas mías terminen igual. Supongo que mi mal comportamiento posterior a nuestro término se relaciona con eso. Me costaba resignarme a que tanta buena intención fracasara, a que tanto amor que alguna vez hubo muriera. Sentía que el destino me jugó una mala pasada y no lo quería aceptar. Es la relación que más me ha marcado en la vida (sin contar mi relación actual) y no sabía como lidiar con eso, cómo llevarlo. Me volví una ex molestosa, pegada con él, incapaz de cortar el vínculo. Y lo lamento. Debí haber sido más madura y aceptar las cosas como eran. Supongo que no quería. Supongo que, a veces, simplemente no queremos. Y nadie nos puede sacar de eso, salvo nosotros mismos.
Faye

lunes, 10 de agosto de 2009

¡No me estoy haciendo la difícil!

Hay mujeres a quienes les gusta hacerse las difíciles. No digo que sea bueno ni malo, sólo es. De hecho, creo que guardando ciertos límites, puede ser interesante. Ser un poco más “hard to get”, verlos esforzarse más, y alargar un poquito más el proceso de conquista, las mariposas en el estómago y la seducción. A veces, ellos también valoran más algo que no les resultó tan fácil. Pero si bien la aventura de la conquista puede ser muy agradable, la verdadera aventura casi siempre comienza con la relación, cuando enfrentas una serie de nuevos retos y desafíos, que van más allá de que la pareja tenga química y se gusten.

Sin embargo, generalmente en el juego de ser difícil siempre hay señales –a veces sutiles, a veces no tanto- de que lo que tiene que pasar, VA A PASAR, sólo que lo estás haciendo esperar un poco. Siempre hay algo de coqueteo, sonrisitas cómplices, una que otra frase juguetona, algo para que entienda que eres difícil, no imposible. Cuando esto no está presente, no te estás haciendo la difícil, simplemente no estás interesada.

Antes de concentrarme en este último punto, quisiera explicar algo. Hay mujeres (quizás hombres también, pero hasta ahora no me ha tocado ver a ninguno) que siempre mantienen el jueguito de la seducción, aunque nunca vaya a pasar nada. Una cosa es ser coqueta, y otra dar señales de que podría haber algo donde nunca lo habrá. Las féminas que hacen esto, generalmente lo hacen porque les gusta la atención masculina y sentir que tienen a todos los hombres que las rodean interesados en ellas. Casi siempre son odiadas por sus congéneres por lo mismo. Porque en su afán de sentirse el centro de la atención, ilusionan a algunos hombres a quienes nunca les darán la oportunidad. Otras, con tal de mantener la atención que alguna vez tuvieron, son capaces de convertirse en “amigas aguja” cuando su “amigo” tiene novia. Cuando hablo de “hacerse la difícil pero dar señales de que en algún momento pasará algo” excluyo a este tipo de mujeres. Ellas no lo hacen por ampliar el momento de la seducción, tienen otros motivos. Y si usted es enamoradizo y se encandila fácilmente con el coqueteo, preste atención cuando las vea y aléjese, porque lo más seguro es que de aquí salga con saldo negativo.

Volviendo al tema inicial, yo me considero demasiado evidente cuando me gusta alguien como para hacerme la difícil. Quizás soy fácil o simplemente soy muy transparente. Pero es como que a algunas nos ocurre que toda la objetividad se nos esfuma cuando nos gusta alguien. No nos damos cuenta que él nos está coqueteando porque “no puede ser que se haya fijado en mí” y no somos capaces de aplicar ninguna “estrategia”. Es como que somos espontáneas porque en realidad no nos queda otra.

Pero cuando el sujeto No nos gusta, la gran mayoría siempre SABEMOS cuando éste está interesado en nosotras. En serio chicos, con algunas excepciones, la mayoría son bastante evidentes. A las chicas a quienes les gusta la atención masculina a las que me referí hace un par de párrafos puede que esto no les incomode. Pero a otras sí. Ver a alguien interesado en ti –a veces en serio, otras por pura calentura- cuando a ti no te interesa es una lata. Porque si el tipo te expresa lo que sientes, es más simple, le dices “yo no estoy interesada” y punto. Pero esto rara vez ocurre. Hay que tratar de darle a entender que no pasará nada de otro modo y si esto no resulta lavarte las manos y decir “OK, si yo no le he dado motivos para ilusionarse, no es mi problema”. Tampoco puedes llegar y confrontarlo así como así, porque si es orgulloso, lo negará, no importa que tan obvio haya sido, y puede que tú quedes como la loca o la egocéntrica.

Por lo menos yo, cuando digo que NO, es NO. Nada de “dime que no pero en realidad dime que sí”. Como dije, lo de hacerse la difícil, a muchas no nos va porque no nos interesa o simplemente no nos resulta, y las que sí lo hacen, siempre buscan alguna forma (para estas cosas siempre sabemos como arreglárnoslas) de dejar en claro que en realidad sólo están haciendo esperar al galán de turno, pero que no es un “no” definitivo. Por eso me molesta el tipo que no entiende un no firme y claro cuando se lo dan. Recuerdo a un tipo que sin importar lo cortante que fueran con él, o lo directa que fuera la mujer en decir “deja de molestarme, tengo novio”, insistía de todos modos. Claro, era una patética excusa de hombre, de ésos que dejan mal al género, pero desafortunadamente hay otros como él. Era capaz de jotear a la novia del amigo sin problemas, o esperar a que su propia novia saliera de una fiesta para lanzarse cual ave de rapiña sobre alguna incauta desprevenida (que casi siempre lo rechazaba).

Cuando le dio conmigo, primero fui cortante con él, porque me desagradaba y no tenía intenciones de ser suave. Y me consta que dije cosas que hirieron su orgullo. Pero no fue suficiente. Insistió igual. Después de eso decidí que en realidad no valía la pena preocuparme y superé mi compasión inicial (algo así como un “qué lata que pierda el tiempo conmigo si en realidad no le voy a dar bola”) y recordando su historia (otras fueron cortantes antes que yo) entendí que esto no iba a funcionar.

Dejé que me piropeara por MSN y que perdiera el tiempo creyendo que quizás yo sí iba a caer. No lo alenté, pero tampoco lo rechacé más. En serio, ¡ya hice eso hasta el cansancio y no funcionó! Incluso una vez después de que lo rechacé por enésima vez tuvo el descaro de decirme “pero si todo es broma, en realidad no estoy interesado en ti”, como si una fuera tonta. Tuvo que hacerse la idea de que no estaba interesada en él cuando en una fiesta se me tiró encima y yo le corrí la cara. Después de eso, no insistió más, asumo que entonces se sintió realmente humillado. No estoy orgullosa de que el asunto haya llegado a eso, pero todo se podría haber ahorrado si hubiese captado que el no inicial, era un no definitivo y que yo no estaba dándole ninguna señal confusa, de hecho, fui bastante directa en rechazarlo y hasta pesada hasta que me aburrí y decidí dejar que hiciera lo que quisiera (claramente no lo importante). Bloquearlo de msn tampoco habría funcionado porque es parte de uno de mis círculos de amigos, me lo habría topado de todos modos y tampoco quería que anduviera pelando (si hasta me lo imagino diciendo "la loca esa cree que la joteo, ¿por qué me persiguen las minas locas?"). Por el incidente de la fiesta sabía que no me iba a pelar, ya que se sintió humillado. No, ahora se iba a quedar calladito, calladito.

Conclusión: todo sería más fácil (no sólo para ellos, para una también) si captaran que el no es no. Sé que hay un estereotipo de mujeres que no saben lo que quieren y que dicen una cosa pero quieren decir otra. Pero son fáciles de reconocer, y si te conocen y se dan cuenta que no eres así, entonces entiéndalo, aquí no hay mensajes ocultos, es un “no” de verdad. Si no hay coqueteo, entonces tampoco me estoy haciendo la difícil, además, a no todas las mujeres nos va ese juego. Facilitémosle la vida a todos y entendamos que no siempre hay indirectas y mensajes ocultos, a veces una simplemente está diciendo exactamente lo que quiere decir.

Faye

jueves, 6 de agosto de 2009

Maldita su baja autoconfianza

Me atrae un Amigo. Tenemos gustos similares, es inteligente, simpático y agradable. Además, me pasa algo con él que hace tiempo no me ocurre con otros, y es que a su lado puedo ser yo. Me siento cómoda.

Sin embargo, hay un 'pero': le falta una actitud más confiada respecto a sí mismo.

Esa inseguridad que muestra hace que tambalee todo lo que puedo sentir por él, ya que no me convence del todo. Es como cuando te venden un buen producto de mala gana, sin destacar todos los pros que tiene. Una queda con la sensación de que, a fin de cuentas, no vale la pena.

(En todo caso, no puedo condenarlo ni patalear, porque yo también suelo pensar así de mí. ¿A quién no le dan bajones? Lo malo es que si a él le dicen 'oye, te quedó re-bien tal cosa', responde algo como 'gracias, pero...' o lo agradece con exceso de modestia, como diciendo 'eso lo dices porque eres mi amiga' ¡PUAJ!*).

A veces tengo ganas de motivarlo para que se saque más partido, o decirle que hay al menos una mujer interesada en él. Se me quita luego. Sinceramente, esos temas los tiene que ver un psicólogo o alguien más capacitado que yo. Hay ideas fijas que no desaparecen sólo porque otra persona se la juegue, sino que debe pasar tiempo, harta agua bajo el puente, tiene que haber un esfuerzo del afectado y mucho optimismo (más escaso y valioso que el oro).

Aparte, no estoy ni ahí con dejarlo listo para que haga estreno de su nueva autoconfianza con otra.





Hmm... Es mejor que sigamos siendo amigos, jaja.

MilDiez


*= Me acordé de Segundo, un ex que me contestaba algo similar cuando le decía que era bonito: 'Eso lo dices porque eres mi polola'. Irónicamente, tuvo razón xD

martes, 30 de junio de 2009

Distancias

Existen distancias que nada tienen que ver con geografía, cierto?
Una que me molesta por estos días es la distancia del tiempo: la que se genera por tener poco tiempo.
Empezar una relación en la universidad, cuando uno se ve casi todos los días con el individuo en cuestión tiene su lado bueno (es rico verlo para almorzar, por ejemplo) y el lado malo (si llegas a terminar la relación hay que andar con cien ojos para no topárselo en el patio, no?). Hasta aquí todo bien. Pero el tiempo inevitablemente pasa, y después uno sale de la U, empieza a trabajar y se forma la típica y casi inevitable distancia del "nos vemos solo el fin de semana porque no tengo tiempo en la semana".
Por un lado, repitiendo lo anterior, esto es bueno . . . si llegas a terminar no tienes que andar preocupada de topártelo en la calle o en la pega porque no forma parte de ese mundo, tienes tu vida separada de la de él, entonces recoger los pedazos y seguir adelante es un poco menos caótico. Pero a su vez lo malo es precisamente eso: tienes tu vida separada de la de él.
En este momento, cuesta reírse de los mismos chistes, o hablar de la pega o de lo que se hace cada día. Las horas pasan a ser una nebulosa poco clara . . . sé que está ocupado, pero no sé dónde ni con quién ni con qué. Y no me refiero a saber por controlar y por celos, me refiero a saber por el gusto de saber, por esa sana preocupación que a veces nos pega cuando estamos almorzando y nos preguntamos si él estará almorzando también, no?
Esa distancia es de las peores. Saberse en la misma ciudad, saberse cerca, pero a la vez lejos, porque el celular es caro y no se puede llamar todo el día, porque hablar por msn mil horas en la noche tampoco se puede por culpa del cansancio, y porque al final uno queda resumida a un paréntesis en el fin de semana, sólo un par de horas . . . y el resto de los días, ¿qué?
¿cómo se le hace la pelea a eso?
¿tiene sentido pelear eso?
Supongo que a varias le ha pasado lo mismo, pasar de verse todos los días a verse una o dos veces a la semana, y más encima verse con los ojos cerrados, casi no hablar, porque la pega cansa, el jefe webea, y las cosas no son siempre como uno las quisiera.
Mi pregunta es ¿es esto distancia? No verse, no hablarse, estar separados sin poder arreglarlo, ¿afecta? ¿está bien que de pena, o lata? O ¿hay que simplemente acostumbrarse y esperar lo mejor? ¿puede esta distancia separar?
Saco el tema porque me veo en mi hora de almuerzo, sentada frente al pc, escribiendo esto, sin plata en el cel para llamarlo, y preguntándome que estará haciendo, pero con añoranza, no con rabia ni con celos.
Y como siempre me pregunto si seré solo yo la que piensa así, si solo a mí me da lata, si es justo que me de, o si me estoy quejando por gusto. . .
Veo mi fin de semana como todos los demás, cansada, y con la certeza de las horas son insuficientes, de que al final, igual, el tiempo o la falta de este se convierte en distancia.

miércoles, 17 de junio de 2009

Circunstancias post ruptura

MONICA: How's Richard doing?
MR. GELLER: You don't wanna know.
MONICA: No, I really, really do.
MR. GELLER: Well, he's doing terrible!
MONICA: Really!
MR. GELLER: Worse than when he broke up with Barbara.
MONICA: You're not just saying that are you?
MR. GELLER: No, the man is a mess.
MONICA: Was he crying?
MR. GELLER: No.
MONICA: Well, do you think he was waiting 'til after you left, so he could cry?
MR. GELLER: Maybe.
MONICA: I think so.
- "Friends", Monica Geller y su padre, conversando sobre Richard, el novio con el que Monica acaba de terminar.


Todos los seres humanos somos diferentes. Todas las relaciones que entablamos –y también las que terminamos- son distintas. Ocurren bajo diversas circunstancias que nos llevan a tener diferentes comportamientos dependiendo de la situación.

Sin embargo, osaré generalizar y decir que hay comportamientos y situaciones que, tras una ruptura, tienden a repetirse, aún cuando se traten de distintas personas que los repiten, y aún cuando hayan terminado bajo diversas circunstancias*. Y no sólo se repiten. Se repiten mucho. Acá van algunas:

1.- Querer saber de él: Es natural, al comienzo, cuando deberías establecer la separación, no querer hacerlo. Quieres saber de él, cómo está, si te extraña, qué está haciendo. Si tú estás mal por él y estás sufriendo, no quieres que él se quede atrás. Si algo te indica que está muy bien, es motivo de enojo “Acaso no le importó nuestra relación? ¿No fui relevante para él? ¿No le afecta que hayamos terminado?” son algunos de los clásicos. El problema es que si está tan mal como nosotras tampoco es necesariamente mejor. O sea, tiende a provocar menos enojo, pero todo depende de qué tan heridas estemos y qué tan irracionales estemos siendo (y nadie es más irracional que una mujer dejándose llevar al 100% por su emocionalidad, dejando a la racionalidad en cero). Porque pueden surgir cosas como “Si está tan mal entonces, ¿por qué terminó conmigo? ¿Por qué no luchó más por mí?”. Ahora, si él está cagado y tú estás bien, nada qué hacerle. Medio que quieres saber de él porque quieres escuchar que está bien y no sentirte tan culpable. Pero eso no ocurre, o te das cuenta que finge estar bien, o cualquier cosa que te hace sentir peor y te asegura que la distancia es lo mejor para que él te supere. En este caso es más fácil ser racional y ver lo evidente (aunque no siempre es así). También es más frecuente que si tú estás bien tus ganas de saber de él sean menores y este “número uno” no se aplique para ti.


2.- ¿Siguió adelante?: Esta es una evidente continuación del número uno. Es querer saber de él, pero ya no se trata de si está bien o mal. Va más allá. Es cuando nos empieza a salir la psicópata que llevamos dentro (a unas en mayor grado que a otras). Es cuando nos obsesionamos con si ya encontró a otra que nos reemplace. O si le gusta otra o tiene onda con otra o está considerando salir con otra. Todos síntomas de que ya siguió adelante. En esto es vital qué tanto hemos seguido adelante nosotras. Claramente, no queremos que él lo haga antes. Además, si él terminó con nosotras, hay una sensación de injusticia en que esto ocurra. Como que si él nos rompió el corazón, no tiene derecho a encontrar la felicidad en otros brazos antes que nosotras. O bien la confirmación de que en realidad nos dejaron por otra, si es que empieza con ella muy pronto.
A veces ocurre que no estamos ni tan dolidas ni tan pegadas con él pero aún así queremos saberlo. Esto último me cuesta explicarlo. Es como una curiosidad morbosa, porque si nos enteramos que efectivamente anda con otra las reacciones pueden variar tanto como mujeres hay en el mundo. Algunas se alegran con sinceridad. Otras se alegran con menos sinceridad. Otras de todos modos sienten esa suerte de extrañeza, no nostalgia, pero sí una sensación de que es raro o incómodo. Otras igual encuentran algún motivo para molestarse. Como sea, es clásico querer saberlo de todas formas.


3.- El MSN: ¿Queremos o no queremos seguir hablando con él? Esto va más allá del teléfono. Llamar implica más determinación. Si lo llamas es porque querías activamente hablar con él. No hay “llamadas casuales”. Si una no está segura, no llama. Pero el MSN (o por estos tiempos incluso el Facebook) abre más posibilidades. Si puedes saludar a alguien casualmente por MSN (o al menos eso quieres creer). Pero… de repente notas que siempre le hablas tú. Intentas esperar a que te hable él. No lo hace. Esperas. Sigue sin hacerlo. Finalmente le hablas tú. Luego terminas por borrarlo para no caer en la tentación de querer hablarle o tratar de buscar mensajes ocultos en sus nicknames. Pero te arrepientes, quieres hablarle, saber de él, y lo vuelves a agregar. Pero pronto caes en el mismo dilema inicial, decides que te hace mal, y lo vuelves a borrar. Incluso lo bloqueas. ¿Pero si justo te quiere hablar? A desbloquearlo. ¿Y si él te borró o bloqueó a ti? A pasar algún estúpido programa para ver si lo hizo.
Bueno, no es necesario realmente hacer todo esto, y seguramente hay mujeres evolucionadas que no hacen nada de esto. Pero creo que muchas hacen algunas cosas. Al menos lo de borrar y reagregar. O bloquear y desbloquear. Quizás no lo hacemos con cada ruptura. Quizás sólo con las primeras. Quizás ya aprendimos nuestra lección al respecto, y ahora que crecimos le avisamos “te tengo que borrar porque me hace mal verte” y tras recibir su comprensión, lo bloqueamos y no lo volvemos a agregar nunca más, o al menos no hasta dentro de mucho tiempo. Pero de que el maldito aparato o las redes sociales se vuelven un problema, lo hacen. Es por eso que lo recomendable sigue siendo, eliminar y bloquear por tiempo indefinido hasta que las heridas sanen. Sino, todo se vuelve propenso a la malinterpretación o a dificultarnos seguir adelante y cortar el vínculo.


4.- El (no tan) ansiado reencuentro: Hubo distancia después de que terminaron. Quizás mucha, quizás poca, depende del caso. Pero sabes que lo vas a ver en alguna ocasión social. Los amigos en común, algún evento grande como cumpleaños o matrimonios, o qué sé yo. Y no importa qué tan superado creas tenerlo, siempre, SIEMPRE tienes que ir REGIA. Impecable. Guapísima. Con el vestido que sabes que mejor te queda. Sin descuidar ningún detalle, ni ropa, ni zapatos, ni maquillaje, ni peinado. Si lo odias, quieres que se arrepienta de lo que perdió. Si lo amas, también. Incluso si te da lo mismo, no quieres que piense que te ha ido mal sin él y que estás hecha un desastre. Que te vea bien. Esto es casi una máxima escrita en piedra. Nunca el ex debe vernos mal. Nunca debemos darle motivos para que piense “¡De la que me salvé!” o “No entiendo por qué estuve con ella en primer lugar”. Aunque nosotras sí lo pensemos. Aunque en el fondo sepamos que estamos mucho mejor por separado. Es un tema de orgullo, creo, de orgullo femenino. No es que tampoco queramos que se quede pegado con nosotras y que nunca nos olvide. Pero que cuando se vea obligado a recordarnos porque nos encontramos en una fiesta de amigos en común, al menos sepa que estás tan bien como te ves. Que no nos dejó destrozadas, no nos arruinó para otros hombres y no afectó nuestra capacidad de vernos fabulosas y pasarlo bien. O sea, siempre dignas (y mejor si además de dignas, nos ve estupendas).


¿Algún otro comportamiento o situación que se me esté olvidando? ¿Qué les pasa a ustedes cuando acaban de terminar una relación que las deja dolidas?


Faye


*: Aunque estas situaciones pueden darse aún bajo distintas circunstancias de término, la mayoría son aplicables más que nada para cuando nosotras hemos quedado dolidas. Cuando es una la que termina la relación, y al rato se siente tranquila y liberada y el otro queda dolido, es mucho más difícil que experimentes las situaciones recientemente descritas en este compilado.

domingo, 14 de junio de 2009

El bichito de la duda

Estamos todos de acuerdo en que, estando dentro de una relación, el acostarse con otra persona que no sea el pololo, marido o lo que sea es infidelidad, ¿cierto?

Un beso también se entiende como infidelidad. Si cualquiera de nosotras llegase a enterarse que su pareja de turno "atracó" con otra el hecho en sí se considera un quiebre, no necesariamente el término (eso depende de las circunstancias, y del aguante que una tenga, que suele ser más del que una piensa que tiene), pero sí sienta un precedente, se convierte en desconfianza difícil de ignorar, es una permanente piedra en el zapato: molesta, duele, y no se olvida.

Pero, ¿qué pasa con cosas más sutiles?

Si nos sentamos a pensar que pololo o marida no es simplemente el homosapiens de turno con quien satisfacemos nuestras necesidades sexuales sino que es una parte de la vida, un amigo, una promesa de futuro, un puerto donde refugiarnos del mal tiempo, un recuerdo constante de lo lindas que somos y mil cosas más, podemos ver que hay más que una llamada telefónica por día y un polvo de vez en cuando, ¿no?

Hay complicidad, conversaciones largas, espacios vacíos que se llenan, satisfacciones más tiernas, risas que se comparten, lágrimas que se secan, esperanzas que nacen.

Hasta ahora todo bien. Una buena relación tiene, o debería tener, todos estos elementos y muchos otros, de ahí mi pregunta peligrosa:

¿Qué pasa cuando esa complicidad se gesta en otro lado?

Entonces ¿qué hacer cuando de pronto, (por que si bien estas cosas son siempre graduales , es de golpe como nos golpean) él comienza a hablar mucho con otra?

No hay sexo (todavía), no hay besos, pero existen estas conversaciones largas y profundas, ese compartir los miedos, llorar las penas, y de pronto, el roce de una mano contra una rodilla, o un abrazo un tanto más cercano, o mensajes de texto a deshoras. ¿es esto infidelidad? ¿compartir con otro, fuera de la relación, aquello que es tan íntimo?

No hablo solo de palabras, sino de sensaciones. Es innegable que la atracción física genera mariposas en el estómago, cosa que no es amor, pero la complicidad, la intimidad, la confianza, el hablar de todo sin pudor ni pena, y mejor aún el no tener que decir nada porque la otra persona parece leernos la mente, genera otra cosa en el estómago, que no son mariposas suaves que se extinguen con el tiempo, sino un vacío que se arma como esa persona con la cual hablamos ya no está.

Después de hablar, de compartir, íntimamente, es imposible no echar de menos.

¿Qué pasa cuándo él echa de menos a alguien que no somos nosotras? Cuando hablar mucho con ella, de ella, cuando quiere verla, cuando sentimos que considera dejarnos plantadas por ir a verla, cuando corre cada vez que ella tiene un problema, cuando se sabe sus dramas, cuando la conoce, todavía no la besa pero, peor aún, la extraña y la recuerda. ¿Eso también es poner el gorro?

¿Es una forma más delicada, suele ser la antesala de la tan despiadada infidelidad, pero ¿cómo acusarla? ¿estará mal? Si tiene una amiga que es más amiga de lo que soy yo, ¿puedo llamarlo infiel?


Leonor

jueves, 11 de junio de 2009

Ilusiones y principios de una larva

Hace unos meses hablé de dos hombres interesantes. Uno de ellos no fue gran cosa, aunque tenía todo lo que me gustaba en el aspecto físico. Por eso caí en picada cuando nos juntamos a tomar algo en un pub, para conocernos mejor. Dijo que yo le interesaba desde hacía varios meses. Y me rendí ante sus ojos y su sonrisa.

El problema fue que me hablaba de cómo era él en pareja, me decía cosas lindas y todo eso. Estaba alerta pero, de a poco, empecé a abrigar la pequeña posibilidad de llegar a algo juntos. Me ilusioné en tiempo récord, olvidando las alarmas. Fui Ícaro por unos días y caí, no por el sol, sino porque la cera era de mala calidad.

Responsabilidad compartida, le dicen. Por un lado, un ilusionista y, por otro, una persona que desea creer en sueños para sentir que regresa al "camino", cuando en realidad sólo sigue senderos que no van a ninguna parte.

¿Por qué ilusiones? ¿Por qué tanto miedo a tomar el camino que sí lleva a otros lugares? Quizás porque siempre he visto y creído que está lleno de clavos. Que enamorarse es una maldición que te ciega y te enloquece; que pierdes la individualidad y las ganas de vivir por tí, que sin la otra persona morirías.

No quiero sentir eso. No después de pasar dos años y nueve meses aprendiendo a conocerme, odiarme y quererme como persona individual. ¡No estoy dispuesta!

Por eso, he preferido sufrir por ilusiones: son etéreas, como sueños. Si te afectan, te dejan sólo sensaciones y no heridas grandes. Si te duelen, no recuerdas por qué. Si miras dónde te duele, siempre verás un moretón y no una fractura expuesta.

Mucha gente me dice que "vale la pena esforzarse", que "amar es lo más hermoso del mundo", que "así te sientes viv@". Pero si acaba, se destrozan. Yo no quiero destrozarme por otra persona. Que lo haga una bomba, un disparo o una hemorragia interna, no el distanciamiento de
alguien o el fin de un amor.

En otras partes he sabido que el amor es tranquilo, que no se sufre tanto. Es apasionado, pero relajado también. Y me pregunto si alguna vez llegaré a eso con la ebullición que llevo dentro. "Eres muy eléctrica, nunca estás tranquila", me dijo Froilán una vez. Lo dijo como algo negativo, mas para mi fue un cumplido.

Tengo una colección de sueños en mi vida amorosa. Burbujas que duran meses, días, noches. Sé que mi mamá me mira como a una niñita porque nunca me he enamorado, sé que habrá gente que no escuchará mis consejos por lo mismo.

Pero soy yo. Una larva, una isla en medio del océano. Me doy el lujo del egoísmo porque sé que la larva será mariposa (a menos que un animal me devore antes) y que la isla será centro turístico (a menos que llegue alguien a destruir el ecosistema). Por eso, no voy a arriesgarme. Tengo muy mal ojo y, si me van a dañar, prefiero que sea a mi versión terminada antes que a la débil.

¿Cobardía? ¿Egoísmo? ¿Terquedad? ¿Qué más da? Mientras no encuentre a mi alma gemela, la única persona que se encargará de ponerle scotch a mi corazón, si termina roto, seré yo.



MilDiez

lunes, 8 de junio de 2009

Una piedrita en el alma

Suelo considerarme una mujer bastante comprensiva, de ésas que tiene una paciencia enorme, mas no infinita, y que cuando estalla, además de tener buenos motivos para enojarse, también necesita buenos motivos para perdonar…

En resumidas cuentas, una vez que la cagan conmigo es bien difícil recuperar mi amistad (o la relación existente con aquella persona).

La cosa es que mi relación con Damián no terminó precisamente en buenos términos, gracias a su enorme habilidad para meter la pata, y debo admitir que a pesar de los años que han pasado, aún siento aquel dolor y rabia que sucedieron al día en que todo entre nosotros se acabó.

Las viejitas suelen decir que el tiempo todo lo cura, y aunque sigo sintiéndome con el derecho a estar ofendida por lo que me hizo Damián, la sor Teresa de Calcuta que hay en mí empezó a socavar mi decidida ofuscación con él.

Cuento corto, Damián está en problemas. Hace algún tiempo que vengo sabiendo de nuestros amigos en común que no se encuentra muy bien, y la última vez que me lo topé en el metro lo vi MAL. Para más remate, apenas me vio sus ojos se agrandaron, como suplicando un poco de atención, gesto que años atrás siempre supe descifrar como un 'necesito hablar con alguien'. ¿Ojalá conmigo?

Ahora, rollera como yo sola, me pregunto si habrá una fecha de vencimiento para esa rabia, me pregunto si a pesar de la nula sinceridad de Damián años atrás seguirá siendo válida mi evidente aversión hacia él, sobre todo ahora que siento que necesita mi amistad.

Incluso más: no sé si me haga bien mantener ese odio en mi corazón, sospecho que no pero todavía se siente correcto dejarlo ahí, hasta nuevo aviso. Quisiera ser como esa mujer a la que le cantaba Joaquín Sabina y poder perdonar… porque ya no me importa.


Liss

PD: Esto fue como escribir el capítulo de una telenovela para mí.

lunes, 25 de mayo de 2009

El cuchillo en la espalda

Cuando era adolescente, con mi grupo más cercano de amigas nos decíamos que nunca nos íbamos a traicionar por un hombre, que eso nunca iba a arruinar nuestra amistad. Y varias cumplimos, al pie de la letra. Si alguna en algún momento se metió con el tipo que le había gustado a la amiga, o con el que ésta había salido unas cuantas veces, siempre fue después de que hubiese pasado tiempo, y asegurándose con la amiga que no había problema, recibiendo su "bendición" previa, sabiendo que no habría problemas. Varias fuimos leales a la promesa hasta el final (al menos dentro de ése grupo de amigas).

Hasta el día de hoy me parece curioso, porque fue en nuestros últimos años de colegio que nos decíamos eso, cuando es precisamente la edad para mandarse ese tipo de "cagadas" o "condoros". Cuando crees que toda oportunidad es única, cuando fácilmente te puedes convencer de que "es ahora o nunca" y si no te la juegas por el susodicho, independiente de si hieres a una amiga, vas a haber perdido para siempre la oportunidad de ser feliz a su lado. Pero no, las más cercanas siempre nos mantuvimos leales, aunque hubiese más de alguna vez intereses comunes. No es tan raro, si consideras que cuando eres muy amiga de alguien, seguramente se rodean de grupos de amigos en común, conocen a la misma gente, se hacen cercanas a las mismas personas.

Fue más adelante, sin embargo, que las lealtades comenzaron a fallar más. Justo saliendo del colegio, primeros años de universidad. Yo salí un tiempo con un tipo, no era nada serio pero me gustaba mucho, y cuando él terminó esa "amistad con ventaja" (porque lo que teníamos no podía catalogarse de más porque le gustaba una amiga mía, yo quedé muy dolida. Mi amiga sabía que yo estaba enganchada de este tipo, y que quedé mal. Y al poco tiempo me entero que ella quería juntarse conmigo y con él para ambos contarme que estaban juntos. En una reunión social, en la que yo iba a ver a otros amigos, y por esas cosas de la vida la invité también a ella. Y me di cuenta porque "sospechosamente" me llamó él (de quien no sabía desde que había terminado la "ventaja" de nuestra amistad) para decirme que también iba. Al preguntarme que cómo supo que yo estaría allí, sumé dos más dos, y obligué a mi amiga a confesarme todo por teléfono. Le colgué después de eso y la dejé hablando sola. Lo que me dolió no fue que estuviera con él, ni que me sintiera "traicionada" por él, si siempre tuve claro que nosotros nunca fuimos pareja, que sólo éramos "amigos con ventaja". Lo que me dolieron fueron las formas, no haberlo sabido antes, me sentí acorralada por cómo me lo querían contar (en una reunión social, iban a aparecerse los dos juntos, de improviso, y decirme que eran pareja y tratar de convencerme de que fuéramos todos amigos), y que ella sabía que yo todavía no lo superaba. A una No siempre le cuesta superar a un hombre por la seriedad de la relación que tuvieron, a veces te cuesta superar a alguien con quien ni siquiera te diste un beso, pero que por X razón fue significativo para ti. Habría querido saberlo antes, de otra forma, sólo por ella, habría querido que me preguntaran, obvio que les habría dicho que estuvieran juntos si ambos se gustaban y tenían una oportunidad de tener algo real, no que me hicieran una emboscada para decirme que ya estaban juntos y que qué lástima si no me gustaba. Al menos, a los 18 años, ésa era mi percepeción.

Otras cosas pasaron con el tiempo. Esa misma amiga tuvo un problema con otra, también por un hombre. Le gustaba a las dos, una lo expresó primero, pero a la otra le resultó algo con él. Ese algo fracasó y el tipo al poco tiempo estaba con la otra, provocando evidente fricción entre ambas. Y más cosas así. Si bien la amistad siempre "prevalecía" no sé si las cosas volvieron realmente a ser las mismas entre ninguna de las involucradas en estos enredos. Creo que ver si priorizas la amistad a un pene, cambia para siempre las cosas, sin importar por qué razones lo hiciste. Y me avergüenza decir que no estoy libre de pecado, y no puedo lanzar la primera piedra. Si bien por años tomé las decisiones que preferenciaban a mis amigas y no pasó nada con el grupo de amistades mencionado al comienzo, un día entre un viejo amigo (de otro lado) y yo comenzaron a surgir sentimientos románticos y por fin entendí las dificultades de algunas (no puedo decir todas, ya que cada caso fue distinto, y creo que todas tuvieron motivos distintos, aunque puedan parecer similares) de mis amigas. Tuve que tomar una decisión y decidí estar con él, aunque hirió a alguien, y él también hirió a otra persona cercana a él. No me arrepiento del riesgo que corrí, pero sí pienso que pude haberlo manejado mejor. Pero toda situación tiene factores que le dan complejidades distintas, y que hacen que de repente actuemos de un modo muy distinto del que creíamos que lo haríamos. MUY DISTINTO.

No es mi intención condenar las "deslealtades" aquí. A todas nos ha tocado alguna vez sacarnos el cuchillo de la espalda, o clavarlo, o ambas. Todas tuvimos nuestras razones para actuar como lo hicimos. Algunas serán razones harto malas, pero para nosotras pesaban cuando lo hicimos. Mi pregunta es por qué. Quiero entender. Por qué a mi grupo no le pasó a los 17 años pero sí a los 20. ¿Es que a medida en que algunas mujeres crecen, les baja la desesperación y ese "ahora o nunca" o la idea de que si no tomas un riesgo vas a haber perdido para siempre, les pesa más? En mi caso, con mi "viejo amigo" creíamos que si no nos arriesgábamos, siempre nos íbamos a preguntar cómo podía haber sido. No hicimos emboscadas, ambos hablamos con nuestros respectivos cercanos por separado, con distintos resultados. Tratamos de ser bien honestos y hacerlo no bien habían pasado 24 hrs desde que decidimos estar juntos, pero es verdad, no le preguntamos a nadie, ya lo habíamos decidido. También pesó nuestra propia amistad. Como nos conocíamos tanto, si bien el riesgo de estar juntos era alto, las posibilidades de que surgiera algo muy bueno, también nos parecían maravillosas. Creo que ambos pensamos que de verdad podía ser amor, que el otro podía ser "the one". Y quizás nos equivocamos, quizás no, pero al final, después de varios meses, la relación no funcionó. Siempre creí que valió la pena el riesgo, pero que posiblemente podríamos haber manejado las cosas mejor. Uno siempre podría haber hecho las cosas mejor. No sé si es condenable, si somos condenables. Se hace lo que se puede, y ahora sé lo que se siente estar de ambos lados. Y lo cierto es que ninguno es agradable. En uno hay dolor, en el otro culpas. Lo importante es tratar de manejar las cosas lo mejor posible, creo, y ser bien honest@. Y tratar de recordar siempre que las relaciones van y vienen, los buenos amigos quedan, y una vez que decepcionas a uno, puede que sigan siendo amigos, pero nunca va a volver a ser lo mismo. Nunca. Porque la confianza es irreemplazable. Una vez perdida, no hay vuelta atrás. Al final, las relaciones de pareja no son tan distintas a las relaciones amistosas, en ambas hay cosas que las pueden modificar para siempre. Y una vez que éstas ocurren, sólo queda encogerse de hombros, y acatar las consecuencias lo mejor posible, sin importar en qué lado estés.

Faye

domingo, 17 de mayo de 2009

La del millón de dólares

Los seres humanos (por no sonar despectiva diciendo los hombres) tienen una obsesiva tendencia a la autocomparación... o mejor dicho a la comparación entre sí mismos, buscan constantemente una referencia que los valide por sobre los demás, aun cuando no conozcan a aquella persona contra la que se están comparando.

¿Y qué tendrá esto que ver con La Ex? se dirán ustedes, ¡pues todo! les respondo, porque esa manía comparativa es la causante de una de las preguntas más temidas (o a este punto más jodidas-repetidas-esperables, por así decirlo), al menos por mi persona.

Luego de iniciar una nueva relación, cuando las cosas van viento en popa, intimidades y demases, llega el minuto post-coital en que el nuevo amor adopta una expresión seria antes de lanzar: "ya sé que no es bueno comparar, pero... ¿lo pasabas mejor con tu ex o conmigo?".

Tú te preguntas si acaso tu performance no fue lo suficientemente buena, si acaso él se puso a recordar a SU ex, te pasas mil rollos hasta que te das cuenta que, en realidad, sólo te están usando para satisfacer su curiosidad, tan arcana como el hilo negro. Te están tomando como réferi para determinar el típico quién la tiene más grande... o al menos en un principio.

Supongo que en todo el cuento también debe haber un poco de inseguridad, deben ponerse a pensar que si llegas a extrañar a tu ex en la cama, podrías terminar la relación para volver con él. No sé. Yo personalmente, si no termino con alguien por su desempeño, tampoco volvería por ese motivo.

Por otra parte la preguntita me choca porque la tomo como un solapado "lo estoy haciendo bien?" cuando muchos meromachos no aceptan 'sugerencias' de buenas a primeras y hay que armarse de paciencia para ellos... y repetir los intentos (dijo la golosa).

Pero más allá de las diferentes anatomías, no hay una receta exacta para el sexo, todos 'lo hacen' de una manera diferente, y con cada uno de ellos tendrás que aprender a acostumbrarte, así como ellos a ti.

Lo que hay que saber es que, por muy 'homo-sapiens' que sea tu macho, el sexo para los hombres siempre será una necesidad, por lo que permanentemente necesitarán un polvo para hacer casi cualquier cosa. Y si pasan mucho tiempo sin obtenerlo, se pondrán mañosos y difíciles de tratar. No es tan difícil imaginarse por qué, sólo hay que pensar en la cantidad de espermios que producen diariamente... con esa sobrepoblación, cualquiera ¿no?

Si hasta el Papa tuvo 'mañaneras' en su juventud y vida adulta, ¿qué se le puede pedir a un humilde mortal que no ha dedicado toda su vida a la contemplación y que ha probado los vicios de la carne?

Mientras, las mujeres no viven en la permanente pesadilla hormonal (por lo menos ésa) y encuentran solaz en cosas diversas, que pueden ir desde la ternura de compartir con quien amas hasta el agotamiento extremo del trabajo. Somos más complejas y a la vez más simples, porque el sexo es un juego y no una necesidad, un placer en vez de un instinto.

Al menos, yo exijo que se tome en cuenta que, como los caballeros, las damas tampoco tenemos memoria.


Liss

miércoles, 6 de mayo de 2009

Seguir Adelante (o Dejar Atrás)

Sinceramente, tras toda mi lista de exs e intentos fallidos de relaciones, considero que lo mas difícil de terminar con alguien es acostumbrarse la nueva realidad. Y lo que realmente suele ser lo más duro para más de alguien (hombres o mujeres, en realidad suele depender de quien terminó con quien) es que uno muchas veces no quiere acostumbrarse a que la nueva situación de soltería ahora es, efecivamente, la realidad, y hay que aceptarla.


Es el clásico cuento de cuando no querías terminar pero la decisión no la tomaste precisamente tú. A lo más puede que hayas estado de acuerdo en que las cosas no estaban bien y que no podían seguir así, pero no querías que la relación se acabara. Posiblemente pensaste que aún había alguna otra forma de arreglarla. Pero el otro dijo que no, y hasta ahí no más llegaste. Entonces, te despiertas al día siguiente, estás soltera, sabes que tu novio no te va a llamar para preguntarte que cómo amaneciste y cómo se te viene el día, y te quieres morir.
Ahora él ya no es tu novio, ustedes ya no están juntos, y debes acostumbrarte a eso. Y entonces viene la típica primera etapa: la negación. No quieres aceptarlo. Te rehúsas a acostumbrarte y asimilar que así es la cosa ahora, y cada vez que la realidad te golpea como esos pianos de cola y yunques que caen desde el cielo a la cabeza del protagonista de una caricatura de Warner Bros. te dan unas enormes ganas de llorar, no te quieres resignar, y eso hace que la etapa de negación sea mucho más dolorosa que todas las que vienen después. Porque no quieres aceptarlo, y no quieres. Pero tu negativa a asumir como son las cosas no logran cambiarlas, y cada vez que te das cuenta de que sin importar cuantas veces te repitas “esto no puede estar pasando, no lo acepto” siempre es en vano, más te quieres morir y más te hundes en el hoyito que tú misma vas cavando.


Para mí, una ruptura no tiene etapas tan definidas como para otras personas, en términos de que no veo que una suceda a otra con esa lógica de los gurús de autoayuda que dicen “primero la negación, luego la rabia, después la pena y por ultimo la aceptación”. Quizás soy una persona demasiado emocional, pero para mí las emociones suelen estar todas mezcladas en un caos en el que a veces hasta me cuesta identificarlas. Pero hay algo que es bien simple: cuando tú no querías terminar y te “patearon”, siempre esta presente la negación. Lo que no la hace excluyente de la pena, o la rabia o que de pronto incluso te baje el amor y el romanticismo extremo y quieras partir a un –usualmente inútil- intento de reconquista. Pero generalmente si el sentimiento que prima es el de la negación, al superar ése, todos los demás se van calmando un poco. Puede que aún queden residuos de pena o de rabia (esa rabia que te ataca de golpe con la pregunta de “¿cómo chucha aguante tanto?”). Pero es la negación lo que tienes que superar para poder empezar a seguir adelante. Afrontar la realidad. Decir “esto es así, ya no puedo cambiarlo” y decirlo en serio. Entonces, todo se vuelve un poco más facil.


Cuando terminé definitivamente mi primera relación larga y significativa (y una sabe, simplemente sabe, que esta vez la ruptura va a ser definitiva), sentía que no podía aceptar esa nueva realidad. Estar sin él. Que no fuéramos a volver. Pero, en el fondo sabía que era verdad, que la cosa ya no tenía arreglo, sólo que no quería aceptarlo, y eso lo hacía tan doloroso. Estuve pegada con la negación por mucho tiempo (incluso negaba mi propia negación, tratando de fingir que estaba bien cuando no lo estaba) y eso hizo que me costara mucho superar la relación. Más adelante, en otra relación importante, al terminar, hice todo distinto. No negué mis sentimientos, acepté siempre lo mal que estaba, viví mi negación inicial hasta que me saturó. Un día desperté y me di cuenta que me moría por volver con un tipo que, aunque decía que todavía me amaba, también repetía convencidísimo que "esto es para mejor". Si estaba tan convencido, ¡claro que nunca iba a volver con él! Sólo tenía que darme cuenta, y no podía sguir llorando por alguien que no quería estar conmigo, por un amor que ya perdí.


Es raro escribir de esto, porque siento que por más palabras que utilice, nunca voy a lograr recrear esa sensación de liberación que te viene cuando por fin aceptas como son las cosas, y más tranquila te das cuenta que es tiempo de seguir adelante con tu vida. Si no la has vivido, no la conoces y yo no puedo terminar de explicarte todo lo que te provoca. Es como haber estado ciega por mucho tiempo, o viendo mal sin darte cuenta, y de repente probarte esos lentes nuevos que hacen que todo cobre una nueva perspectiva, y sólo entonces te das cuenta lo mal que veías hasta ese momento. Es sentir que te liberan de un peso enorme, y si bien no significa pasar de estar mal a bien de la noche a la mañana y puede que la añoranza te vuelva a atacar en algún momento, ya te sientes mucho mejor preparada para enfrentarla y sabes que no te provocará tanto dolor ni te destrozará tanto. Porque ya entendiste como son las cosas, ya sabes que hiciste todo lo posible, que diste todo lo que podías dar, y estás en paz. Cerraste el capítulo y puedes dar vuelta la página tranquila. Y no hay mejor sensación en el mundo.


Faye

lunes, 30 de marzo de 2009

Mirando el pasado

No deja de sorprenderme como al mirar al pasado ves ciertas cosas y no sólo no te parecen malas, sino que son cosas que crees que pudieron haber sido muy buenas, incluso increíbles, si las situaciones se hubiesen dado de una manera distinta o tú o quizás alguien más hubiese hecho algo diferente. Hasta que estás realmente bien, como nunca soñaste que podías estar, y entonces ves el pasado y… es sólo eso, pasado.

Más que conocido es el dicho de que “el pasto siempre es más verde en otro lado”, y que cuando las cosas no andan muy bien en nuestras propias vidas nos ponemos a mirar las ajenas, o incluso, añoramos algo que tuvimos y que consideramos mejor que el presente. Eso no tiene nada de raro. Lo que me causa gracia es como la percepción de la propia historia puede cambiar, no necesariamente en la medida que creces, sino en la medida en que cambian tus circunstancias.

Yo solía idealizar mi relación con Alonso o, al menos, un período de ella. Cuando las cosas estaban bien, no teníamos aún ningún problema y sólo nos amábamos y éramos felices. Creo que por mucho tiempo pensé que quizás manejando las cosas de otra forma, esa felicidad idealizada se podría haber mantenido por mucho tiempo más. En mis relaciones posteriores a la que tuve con él, si bien tuvieron cosas buenas y malas como todas las relaciones, curiosamente aguanté cosas más graves que los problemas que tuve con Alonso. No porque haya estado con mala gente, -como he dicho antes, considero que he tenido bastante suerte con mis exs ya que todos son buena gente- sino porque permití que ciertas situaciones se perpetuaran por más tiempo del que debí haberlo hecho y acaso porque eran personas que si bien no sé si sus demonios interiores eran mayores que los de Alonso, pero definitivamente los manejaban peor. Al menos en un caso, esto era muy notorio, pero ésa es otra historia.

Ahora que las situaciones han seguido cambiando y por fin me encuentro realmente bien, miro hacia atrás, y sin la más mínima intención de menospreciar lo que tuve, puedo decir que por fin pude dejar de idealizarlo y darme cuenta que las cosas nunca fueron perfectas. Que él nunca fue un ser perfecto (bueno, eso siempre lo supe, pero alguna vez lo consideré, al menos, perfecto para mí) a quien las circunstancias le jugaron en contra. Aún en ese período en que no teníamos grandes problemas y éramos muy felices, ya comenzaban a notarse los problemas subyacentes, que más tarde cobrarían fuerza y se convertirían en nuestros problemas, los que llevaron nuestra relación al inminente fracaso.

Ahora me doy cuenta que si bien ambos pudimos manejar mejor muchas situaciones, habían cosas que al menos yo, no podía cambiar. Como su escasa empatía. Estamos hablando de una persona que ni siquiera podía identificar sus propios problemas. Con razón no lograba entender los míos, ¡y para qué hablar de los que tuvimos como pareja! Era alguien a quien podías decirle infinidad de veces “esto anda mal”, lo reconocía, lo aceptaba, y no hacía nada al respecto, o al menos no por mucho tiempo. Era alguien a quien podías contarle tus más angustiantes temores y te miraba con cara de “¿para qué te preocupas tanto de eso?”. Una vez estuve tentada a responderle que yo, a diferencia de él, enfrentaba mis problemas para poder superarlos, en vez de ignorarlos y bloquearlos como hacía él, para que crecieran y crecieran y luego no supiera por donde empezar.

Ese era Alonso, y una parte de mí siente pena de que sea así, y espera que realmente haya aprendido de sus experiencias, cambiado y crecido. Porque no es que fuese un tipo insensible, al contrario, conociéndolo aprendí que sentía muchas cosas, pero generalmente las bloqueaba porque, por la forma en que vivía su vida en el momento en que nos conocimos, no había espacio para dejar sus sentimientos, miedos, angustias o preocupaciones libres. Así que los reprimía, y ni él mismo era totalmente consciente de ellos. Cuando se deprimió, no sabía ni entendía qué le pasaba, mucho menos qué había provocado su estado. Ahora comprendo tan claramente, siempre fue así, aún cuando “estaba todo bien”. ¿Cómo podía yo pretender que alguien sin el más mínimo dominio ni comprensión de sus emociones lograra comprender nuestros problemas de pareja, intentar enfrentarlos y solucionarlos?

No puedo guardarle rencor a Alonso. Admito que por algún tiempo lo hice. Por un sinfín de razones que serían material para otro post, totalmente distinto. Pero ahora ya no puedo. No ahora que entiendo todo de la forma en que lo hago. No ahora que veo que nuestra historia, simplemente, nunca estuvo destinada a tener un romántico final feliz. Hay historias que no lo están, y eso no las hace malas, ni tristes, ni a quienes intentamos construirlas unos fracasados por no haber logrado ese anhelado final de película. Simplemente somos seres humanos, que nos caemos, nos levantamos con dificultad, intentamos aprender de nuestros errores, nos sobamos los golpes y las heridas, esperamos a que cicatricen, y volvemos a comenzar. La mayor parte de las personas lo hacemos con la mejor intención del mundo. A veces fallamos, pero es sólo para prepararnos para esa historia que sabes que sí tendrá un final feliz. A veces nos falla la paciencia también, y sentimos que nunca llegará. Pero de que llega, llega, y de pronto todas las experiencias vividas se convierten en un aprendizaje necesario. Todas las personas a las que hemos conocido, en importantes piezas de un puzzle que vamos armando para convertirnos en la mejor persona posible que podíamos llegar a ser. Y Alonso y yo no somos ni más ni menos que eso, dos personas honestas, que lo intentaron, honestamente lo intentaron, cometieron errores y además les fallaron un poco las circunstancias, personas que no estaban destinadas a tener un romántico final feliz, pero sí un final feliz al fin y al cabo, por separado, con otras personas y el mutuo aprendizaje que logramos gracias a nuestra relación. Y siempre le estaré agradecida por eso.

Faye

miércoles, 25 de marzo de 2009

Yo... La no superada

Me da un poco de vergüenza esta entrada, para qué ando con cosas. Todas estas chiquillas tan avanzadas, superadas, maduras y yo aquí en el polo opuesto, pegada con la misma canción hace tanto tiempo.

No me entiendan mal. Ahora estoy emparejada y feliz, con planes de convivencia en el mediano plazo, enamorada hasta las patas de un hombre simplemente maravilloso. Pero en el background de mi propio musical perfecto de Hollywood, sigue sonando una marcha fúnebre con tintes de rock industrial rabioso de fondo.

El 19 de marzo de este año (tengo una memoria monumental) se cumplieron cuatro (¡¡¡cuatro!!!) años desde que me convencí que la cosa no iba para más y terminé con Innombrable. Desde que me di cuenta que el amor no lo puede todo, que la traición cala hondo (muy hondo) y que la mentira duele más cuando uno no ve ni un atisbo arrepentimiento en los ojos del otro.

En realidad es un poco menos de tiempo, tomando en cuenta las recaídas vergonzosas que tuve, pero esa es la fecha que se marcó a fuego en mi memoria y que tiene al lado escrito “¿Liberación?”. Y sigo sintiendo la misma rabia, bronca y furia que sentí a los pocos meses después de haber terminado todo, cuando me seguía enterando de nuevos engaños y nuevas mentiras. De hecho, me seguido enterando de cosas hasta el día de hoy y juro por mi santa madre que me entero porque sí, no porque ande sicopateando (ya no).

Por un tiempo (época pre–novio maravilloso y espectacular) pensé que era porque aún le quería, razón por la cual tuve un par de recaídas (que de puro recordarlas me dan asco). Que si del amor al odio hay un solo paso, pues la cosa a lo mejor también funcionaba a la inversa. Pero me di cuenta que aquí no había amor, sino un odio profundo, oscuro y perverso, de esos que uno lee en las tragedias griegas o en Shakespeare. Un odio que incluso se ve reflejado en una aversión física tal, que las pocas veces que me acuerdo de cuando estuvimos juntos, la piel se me eriza y me dan ganas de vomitar (y ojala fuera solo para dramatizar el asunto).

Siguió pasando el tiempo y creí que el odio y la furia habían amainado. Incluso logré volver a hablar con él y compartir un par de metros cuadrados sin querer cercenarle el pene, sacarle el corazón, hundir su cabeza en aceite hirviendo y escupir en lo poco que quedaba. Pero ese lapso fue muy breve y duró lo que la vida se demoró en hacerme llegar nueva información sobre sus andanzas cuando aún estaba conmigo.

Y básicamente esa es la historia hasta ahora: logro que el odio amaine un poco, establecer relaciones diplomáticas y ya sea por cahuines o hasta por un mal sueño, el rencor vuelve en gloria y majestad a instalarse en mi cabeza.

Si tan solo supieran la cantidad de veces que, sencillamente mirando el infinito, me acuerdo de alguna cosa, algún detalle, una imagen, una sensación, un intercambio de palabras y de nuevo a sentir todo ese odio iracundo y eterno. Llega a niveles casi enfermizos. A veces, acordarme me deja mal y cansada y triste. No es que ande buscando acordarme. Paso una buena parte del tiempo sin pensar en él, pero mi inconciente me ataca cuando me pilla mirando el horizonte y no me deja jamás en paz.

Reconozco que estoy picada. Que creo que una parte no menor de la rabia que tengo se debe a que siento que me pasaron gato por liebre y que (quizás) en parte, yo misma lo permití. También sé que la bronca que tengo es porque me jugaron chueco una y otra vez y yo ahí, siempre ofreciendo la otra mejilla (¿tendrán idea mis padres de lo profundo que llegaron sus enseñanzas?). Y también sé que la furia es porque siento que él no lo pasó mal. Que él me mintió, me engañó, que hizo lo que quiso conmigo, que no fue capaz de darme más explicación que "lo hice porque podía", sin ni siquiera pedir disculpas y después anduvo pasándolo a todo chancho y que ahora me hierve la sangre de sólo pensar que es feliz con otra mina (que casualmente fue una de las perras con las que me gorreó).

Incluso mientras escribo todo esto, en un ejercicio en vano por intentar dilucidar el meollo del asunto, siento cómo me voy enojando, cómo los nefastos recuerdos de casi 3 años de relación inundan mi mente en flashes macabros y como las lágrimas quieren escaparse a toda costa.

Y pienso que la vida es injusta. Que mi sufrimiento fue en vano, que mis lágrimas se derramaron porque sí y que todo lo que hice y aguanté y soporté jamás fue tomado en cuenta por él. Y es como un círculo vicioso del que no puedo salir...

Pero lo tengo asumido. De alguna manera sé que jamás podré hacer las paces con esa parte de mi historia. Que siempre tendré más preguntas que respuestas, que ninguna explicación será suficiente y que pase lo que pase, jamás podré olvidar todo lo que pasó. Ni hablar de perdonar.

Tristemente,

La Rabiosa

jueves, 12 de marzo de 2009

Mundo de ex-traños

Hace un par de días tuve una conversación reveladora a la hora del cafecito de rigor en la oficina, y hace referencia al tema que quisiera tocar hoy acá (sólo por si no se dieron cuenta).

Podría decirse que cuando das o te dan la patada en una relación, sabes más o menos lo que te espera en un corto plazo, al menos en mi caso suele ser: pensar mucho en las mil y una formas en que se pudo salvar tu relación, los cambios en tu rutina para evitar todo lo que te pueda recordar a 'esa' persona, llanto, y luego la convicción de que la libertad es algo maravilloso... y entonces, cuando resucitas y empiezas a sentirte mejor, vas a buscar a tus amigos para contarles 'la buena nueva'.

Lo que no te esperas es exactamente lo que viene después, cuando llegas a encontrarte con la ensalada en que se convirtió tu mapa de amistades durante los últimos días.

De pronto, te topas con gente que de la noche a la mañana dejó de saludarte, te evita y ya no se levanta a media cuadra cuando te ve llegar sólo para decirte "Gaia! qué rico verte!" - válido también para "me encanta tu ropa/zapatos/etc", "Qué buena onda/tierna/linda eres" -, y que incluso personas con las que lograste cierta cercanía no saben qué hacer cuando se pillan contigo en el Metro.

Y es que todas esas amistades satélites que existían en torno a tu relación parecieran haberse esfumado por arte de magia, no importando si conocías a Fulano y Mengana hace años, hubieras compartido vacaciones, peleas y hasta un riñón con ellos. Desde el minuto en que terminaste con tu nuevo ex, dejaste de existir en sus sistemas... y seguramente si volvieras con él, Fulano y Mengana se harían los locos y "Querida, tan divina como siempre..." otra vez.

Según mi compañera de oficina, lo que pasa es que uno siempre trata de mantener la buena onda con las parejas de tus amigos, sólo por si acaso, porque si te agarran mala te pueden hacer la vida imposible y terminar quitándote a tus amigos. Entonces cuando terminan, todo vuelve a foja cero, y como no sé si terminaron bien o mal, no sé si el/la ex me odia... es mejor guardar las distancias y si te he visto no me acuerdo...

Bastante entendible, creo, pero la primera vez que me pasó me dio asco por todo aquello de no arriesgar nada por conocer a alguien nuevo, no importando cómo llegue a tu vida. Tengo excelentes opiniones de muchos amigos de mis exs, y con agunos de ellos hasta mantengo el contacto porque descubrí que simplemente saben separar aguas y no se hacen atados de más. Claro, son de los pocos. Pero hace poco empecé a preguntarme si valía la pena 'conocer a los amigos de mi pareja', tomando en cuenta que muchos de ellos no podrán sacarse el filtro de "es la novia de" para conocerme mejor.

Y he llorado por eso tanto como por una ruptura, aunque dicen que lo que hace sufrir no es el amor, sino las expectativas.

Sería una interesante teoría sino fuera porque yo siempre voy esperando lo mejor de la gente.




Liss

jueves, 29 de enero de 2009

El secreto

Estimadas, hoy tenemos una nueva colaboración de una lectora, para seguir amenizando este verano... ¿infernal? depende del punto de vista de la ex. Disfruten, comenten y recuerden que sus colaboraciones son más que bienvenidas en soy.la.ex@gmail.com

Cuando estaba con Fede siempre tuve la sensación de adivinarle el pensamiento. Quizás por lo mismo, al poco tiempo la relación se puso fome, pero seguimos un poco más, por pura inercia.


Hasta que llegó la Caro.La Caro es físicamente todo lo que un hombre desearía: alta, rubia, piernas perfectas y cara de ángel. Pero además de eso, es una mujer muy sabia, por lo tanto pronto nos hicimos amigos de ella.

Cuando terminé con el, la Caro fue la que más celebró, y comenzó a odiarlo sin razón aparente. Poco tiempo después me enteré que había intentado algo con la Caro a los días de haber peleado (y por lo que supe, no fue a la unica amiga mía a la que miró con más ganas de lo habitual, incluso cuando la relación parecía estar bien). Era claro que le había tenido ganas a la Caro desde siempre, pero adiviné que no era sólo calentura. Había también parte de venganza entre medio hacia mi persona, por haberlo "dejado en evidencia" al haber terminado. Y nunca más se volvió a hablar del tema. Ni la Caro dijo nada, salvo una encogida de hombros cuando alguien habló el tema frente a las dos. Hasta el día de hoy seguimos siendo muy amigas.

Pero el secretito salió hace poco. Me avisaron que, hace un mes aprox, Fede había contado en un grupo el incidente con la Caro. Quebrándose, contó que con la Caro había habido algo, pero que ella lo había rechazado al final, y eso había sucedido a mediados de marzo del año pasado.... ¿pero no habia terminado yo con él un 15 de Marzo? No entendía nada... ¿lo había rechazado "al final"? ¿O sea que algo pasó al principio? Ese secreto no afectaba mi pasado. Afecta mi amistad con la Caro ahora.

Y viene el típico dilema de la ex que no averiguó las cosas a tiempo, por borrar del mapa a la relación anterior. Si lo hablaba con ella, si no, si efectivamente se lo había agarrado aunque fuera por un momento. Me sentí sicópata, atormentada por algo que no debería saber ahora: la supuesta traición de una amiga a la que sigo queriendo. Hasta que me encontré con un amigo en común (y confidente de los dos personajes en cuestión), quien me contó que efectivamente la Caro habia sido joteada vilmente, pero que lo había mandado a la cresta al primer intento.

Al final hablé con la Caro. Efectivamente, y a los días, había intentado algo con ella. Pero ella por cariño a mí no habia querido contarme del tema, aún cuando ella sabía que yo ya estaba enterada. "¿para qué? "me dijo, "si el pasado pasado está"... Entonces, si ya ha pasado el tiempo, ¿para qué lo contó, dando a entender algo que no fue así?

Y no entendi la actitud del ex. ¿No que las mujeres somos las que quedamos pegadas? ¿cual era la idea? Y al final me di cuenta que las mujeres no somos tan brujas como lo creen ellos. A veces ellos son tan picotas como nosotras. Y lo que ellos llaman calentura a veces tiene muchos otros sentimientos que no son precisamente buena onda.

La Candida

viernes, 16 de enero de 2009

Celosa yo????

No sé si estarán muy familiarizados con el fotolog de Celos Enfermizos, pero durante un tiempo llegó a ser una de mis páginas favoritas de internet, claro... antes de que su frecuencia de publicación decayera a 1 post por año.
La idea del fotolog era presentar historias (ficcionales, supongo) que hicieran reír ante los ataques de histeria y celos exacerbados de algunas mujeres, perseguidas hasta por su propia sombra, y hay que decir que les fue muy bien, porque cada vez que subían algo nuevo la página se llenaba de comentarios antes de 5 minutos.
Creo que todas tenemos una fierecilla celosa capaz de eliminar a su rival zarpazos (o al menos capaz de intentarlo...), alimentando esas fantasías de casi cualquier macho por asistir en vivo y en directo a una pelea de barro, y exactamente por mi propia celosa interior, nunca supe bien qué pensar de Celos Enfermizos.
Por una parte, claro que me reía con las historias, pero por otra parte sufría de pensar en todas aquellas ocasiones en que pude sentir que algo andaba mal, recibiendo por respuesta un "estás loca y te inventas cosas".
Pero los celos son así: algo que casi nunca puedes describir, ni determinar a ciencia cierta su origen y causa, ya que a menos que tengas la (mala suerte) de pillar al susodicho con las manos en la (otra) masa, estás frita y no te queda más que agonizar en la angustia de sospechar... algo.
Que la miró con otros ojos, o la miró demasiado, o cambia su forma de hablar y comportarse cuando aparece ella, que le dice cosas (piropos) que jamás le escuchaste, o la reverencia de una forma irracional... o peor: ella llega cada vez con un escote más grande y tú puedes ver cómo le hace ojitos mientras el muy m*****n sonríe idiotamente, como si no notara que la otra busca cada vez más excusas para estar a solas con él.
De todo eso, nada es comprobable, todo está sujeto al terreno de la percepción, entonces bien podrías ser una sicópata celosa, o una bruja con su radar demasiado fino. La verdad, no sé qué es peor.
Yo soy la segunda, y cuando digo "algo hay", lamentablemente el tiempo termina por darme la razón, a pesar de que en el intertanto traten de hacerme sentir como la sicópata que dice "o ella o yo".
Claro, ya sé que una relación así no vale la pena, que si no puedo confiar en el otro no hay vuelta que darle y todas esas cosas que yo misma he dicho en más de una vez a alguna amiga conflictuada, pero esas son cosas que uno logra ver recién después, cuando empieza a juntar las piezas de la ruptura y las cosas excusadas y preexcusadas una y otra vez aparecen con otra luz.
Todo eso no vale cuando estás ahí, creyendo que de verdad eres mala por haberte preocupado cuando desapareció un día entero, o por molestarte si esa amiga especial decide justo sentarse en medio cuando van al cine (y no precisamente para que tú la abraces), o por no entender que eso de la infidelidad es algo 'genético'... pero bueno, ese tema merece otra entrada.

Y ustedes, qué clase de celos tienen?

Liss

domingo, 11 de enero de 2009

Tragicomedia

En esta calurosa tarde de verano tenemos el aporte de unas nuestras lectoras, Eperamos que lo disfruten y lo comenten.

La Ex


Unos cuantos post atrás se refirieron a la mal llamada solidaridad femenina y/o masculina (en la cual no creo, porque el instinto reproductivo es más fuerte que toda racionalidad, lo que origina las mariconadas para conseguir ese objeto de deseo) y de inmediato, se me vino a la cabeza un caso tragicómico que me tocó muy de cerca.

Aunque está más bien relacionado con el afán redentor que poseemos algunas mujeres y a la incorrecta interpretación de "darlo todo por amor".

Se trata de una conocida mía, gorreada una infinidad de veces por su marido. Para facilitar las cosas, diré que se llamaba Cornelia. Hace dos años, su marido enfermó y nunca más recuperó la salud. La pobre Cornelia cuidando a un patán desahuciado, del cual nunca me ha dicho qué enfermedad padece. Ella asegura que es un cáncer, pero el historial sexual de este tontón me hace pensar que se pegó el SIDA. A ese toque.

Pues bien. El tipo está hecho un estropajo físicamente, y en la parte moral anda por las mismas. Cornelia lo cree al borde de la muerte. Sufre viendo como el hombre de su vida se está muriendo. Cornelia aguanta que su marido le pida que intente encontrar a su amante -con la cual duró cuatro años- porque quiere ver a su patas negras antes de morir.

Lo peor es que mi conocida ha obedecido al enfermito. Llamó a Carabineros, a los diarios nacionales y a la PDI, buscando a la susodicha que colaboró para que su cabeza luciera más enramada que la de Rodolfo el Reno.

En la comisaría, los pacos se rieron en su cara, tratándola de "vieja loca" por pretender encontrar a la amante del marido... y no para sacarle la mugre, precisamente.

Y acá no termina la historia: el marido la jode porque todavía no ve a su amante. Ella llora y yo le pregunto: ¿Por qué sigues con él? Cornelia me contesta "Porque lo amo".

Sin comentarios.

Conclusión: Está bien que el amor te lleve a cometer locuras, pero hay que diferenciar de las locuras "sanas" de las locuras al borde del ridículo. La historia de hoy es un ejemplo extremo de esta última definición.

Anémone

 
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