lunes, 16 de noviembre de 2009

Sra. Flaite (o la otra reparadora de hombres)

Para aquellas que todavía piensan que “contigo pan y cebolla”.


Para aquellas menores de 25 que creen que apuntar al tipo “resuelto económicamente” es frío y calculador.

Para aquellas que creen que hay que seguir los impulsos de amor… (eufemismo de la historia que oculta nuestra natural calentura animal).

Ahí les va una pildorita….

Érase una vez una niña de unos 20, que había ido a un buen colegio, iba a una buena universidad, vivía sola en un lindo departamento y tenía un selecto grupo de amigos.

Hasta que una noche, en medio de una discotheque, polera ajustada, el cuerpo marcado, bailando como negro en carnaval, un tipo algunos años mayor se mostraba como lobo en el sudado bosque esperando la presa.
Y ahí entro yo, torpe y tincada.
No solté al prospecto guapo hasta que me dieron calambres en los gemelos, disimulados por un “¿vamos a la barra?” que salió de mis labios.
Antes de saciar la sed, nos besamos apasionadamente, mientras yo sentía que el dolor de mis calambres se escabullía por mi entre pierna hecho calor y ansiedad.
No fue hasta pedir el trago que me di cuenta de que remábamos en botes distintos.
-¿Qué vas a tomar? – Le pregunto
- No sé, lo que estés tomando tú… - Me dice con la despreocupada actitud de quien no tiene un peso para invitar a una chica…. Y no le da ni una pizquita de pudor de macho cabrío discothequero.
- Pero dime, yo te invito- Insisto

- Ya, un güisqui- Me dice

Como si esto no coronara mi íntima humillación, de camino a la pista me dice “que riiiiiiiiiicoooooo”, probando su trago. Muy bien, pidió el trago más caro porque no lo había tomado antes. O sea he sido brutalmente usada. Y dice “¡Qué rico!”, ¡Qué horror!, tengo que huí. Pero a los dos segundos de ver el mundo con cordura, me tomó entre sus brazos fuertes, me apretó con su pecho marcado, y me hizo flotar en sus bien dados besos.

Y pasó el tiempo. Y siguieron los besos, y el sexo increíble, y mis invitaciones a tomar un trago o a comer. Pero ya que la vida sigue y a cada paso pesa, convirtiendo los detalles que no vemos en el ensueño del enamoramiento en grandes detalles que vemos crecer cada día, empecé a sentir algunas disconformidades.

Sentí la enorme carencia de conversar de algo más interesante que las películas de Jean Claude Van Damme o las peripecias en su nada apasionante trabajo, empecé a cansarme de tener acción en la cama mañana, tarde y noche así, sin más, rebuscando palabras de amor, admiración y nexo que alguna vez usé con más sinceridad. Empecé a notar que ante una linda canción yo estiraba la mano y decía “¿bailemos?”, y el decía “chaaaaaaaaaa, ¿para qué?” y seguía viendo la televisión. Empecé a hartarme de que vaciara mi refrigerador después del trabajo, que usara mi cepillo de dientes, que se quedara en mi casa todos los días, que jamás me llevara un obsequio, que jamás me invitara un trago y que después de una buena cena, tomara lo restante en un pirex y me dijera “le voy a llevar lo que quedó a mi mami, para que lo pruebe, es que ella nunca ha comido de esto y está tan riiiiicooooo”.

Entonces, en un momento en que estaba encontrando, para variar, algo “riiiiicoooo”, vi, como una epifanía, mirando su cuerpo tostado, su trasero duro, sus brazos fuertes de trabajador, que ese hombre definitivamente no era para mí.

No era para mí, ni mucho menos para mis amigos, ni para mis padres, ni para nadie. De hecho ni siquiera lo amaba, pero entre la calentura y ese fuero interno compasivo que me condena, seguía con él. ¿Qué hago?, ¿Lo dejo?, ¿Lo educo?

Y ahí, es, marabunta del infierno, en que empecé a pasarte plata debajo de la mesa para que pagaras mi cuenta delante de mis amigos, que te enseñé a no sorbetear el té, a no decir “riiiiiicoooo” cada vez que probaras algo nuevo aunque estuviera realmente rico, a invitar a tu madre a comer en vez de llevarle sobras de los lugares que visitas, a lavarte los dientes antes de hacer el amor en la mañana, a no gritarme ni burlarte de mí a boca de jarro delante de la gente, a no levantarme la mano ante tus celos de mis amigos “cuicos” según tú, a ver películas que no son de acción aunque sea para disimular delante de una mujer, a decir “¿te ayudo en algo?”, a decir “No te preocupes, yo invito” y tantas otras cosas que un hombre ad portas de los 30 no puede desconocer.

Ya me había convertido en musa de Arjona con tantas cosas que te había enseñado. Además de tener el pelo más opaco, una –mi primera- arruga al costado del ojo derecho, un poco de temblor en el mismo ojo, y el colon tan dañado que pese a haberte enseñado tantos modales me convertía en la señora pedorra todas las noches.

Había envejecido diez años en 24 meses. Y en eso, toda la energía con que bailábamos esa noche de hace tanto tiempo en la discotheque, esa alegría con que tuvimos sexo como conejos durante tanto tiempo, se esfumó y ante tus ojos me volví una mujer tan carente como fuiste tú antes de tu inducción a la decencia.

Fue así como te ví hace dos semanas, después de meses sin tu ropa en mi closet, sin tu toalla del Colo-Colo en mi logia, sin tu cuerpo calientito al lado izquierdo de mi cama.

Te vi bajar de un auto que tú conducías con naturalidad –seguro lo compraste con todo lo ahorrado mientras vivías conmigo-. Entraste a un restaurante con una chica que irradiaba la alegría y la soltura de quien no ha vivido el drama de la diferencia. Ella te miraba obnubilada. Seguro le hablabas de los buenos restaurantes de Santiago, de las películas que uno no puede dejar de ver, o del sentido altruista de tu modesto trabajo.
He creado un monstruo. Pero uno que ahora sí me gusta.
Me fui con la amargura de haber hecho de ti algo cercano a lo que soñaba que fueras para mí, y que ahora lo fueras para otra. Sentí que había sido durante dos años conciente e inconciente, voluntaria e involuntariamente usada.
Sentí el impulso de devolverme, pero no lo hice. Sería una rotería. Y me guardé mi discurso para la pobre nueva víctima.

¿Sabes? Yo te lo dejé limpiecito, sin blin blin, educadito, con proyectos, con un discurso hechito para no quedar de ingnorante y un par de tips para no quedar de flaite. Pero no te libré de su entorno ni de su íntima estructura, y cuando lleguen sus amigos a embarrarte los sillones, cuando lleguen sus padres a vaciarte el refrigerador, cuando se tome unos tragos y te trate de ramera sólo por haber ido a la universidad y conocer gente que habla de corrido, cuando te levante la mano y después llore diciendo que es tu culpa, ahí te quiero ver, jovencita. Ahí te quiero ver.
Loca de Patio

domingo, 8 de noviembre de 2009

Yo, la Sicópata

Sí, lo reconozco. Sin tapujos, ni problemas. Yo soy la Ex problemática, que persigue, acosa, llama, busca y no deja nunca tranquilo al pobre ex novio. Soy la sicópata, la psycho, la peor pesadilla de cualquier mujer. Sé usar Google a la perfección y las redes sociales (Facebook y Twitter) no han hecho sino aumentar mi habilidad para conseguir información y puedo dar con números de teléfono, emails, direcciones y hasta RUT en cuestión de minutos. Saco conclusiones con una rapidez escabrosa y puedo pasar meses rogando, suplicando y arrastrándome por otra oportunidad. Pero no siempre fue así.

Una Psycho no nace, se hace. Hay ciertos defectos que si no son asumidos a tiempo, darán paso al nacimiento de una Sicópata. Principalmente, la inseguridad. Con uno misma, hacia los demás, hacia el mundo. Todos parecen mejor que tú y si alguien se fija en ti, tienes que pegarte con una piedra en el pecho.

Entonces, ocurre lo imposible: alguien te encuentra, te enamora, te hace vivir aquellos sueños y sensaciones que pensabas estabas destinada a vivir sólo en tus sueños o en películas. Eres feliz, te entregas sin tregua, planeas una vida completa con la otra persona. Hasta que se acaba. Y no es la ruptura en sí, sino la razón de la ruptura. Te engañaron, te mintieron. Traición. Incluso puede ser que hayas sido tú la que haya decidido terminar. Either way, el mundo se te viene abajo.

Y llegan las preguntas. De a poco, casi sin sentirlas. Quieres morir, saber qué hiciste mal, por qué te dejaron por otra, por qué hubo otras si te amaban tanto. Luego, al no dar con la respuesta miras hacia fuera. Y empieza el acoso.

Primero sin querer. Llamadas de la nada “Sólo para saber cómo estás, ¿qué cuentas, querido? Tanto tiempo...”. Después, empiezas a desarmar y rearmar fechas, situaciones, rostros, nombres. Y cuando empezaste a averiguar, a tener frutos de tu arduo trabajo es simplemente demasiado bueno para dejarlo. Sicopatear es una droga dura. Por eso no todos pueden, ni aguantan.

Con la aparición de los blogs y Google y Facebook y todas esas cosas, el sicopateo puede llegar a niveles increíbles. Con un par de búsquedas bien hechas, ya no sólo tienes conclusiones comprobables sólo en tu cabeza, sino información dura: comentarios sospechosos, mensajes en el muro, fotos, amigos en común, evidencia.

Pero detrás de toda sicópata (aparte de un hombre que nos cagó la siquis de por vida), está el lado que nadie quiere ver ni asumir: uno no sicopatea por gusto, sino por obligación. Porque las cosas nunca quedaron claras, por el puto “termino contigo porque no sé lo que siento”. Porque las cosas en la relación nunca quedaron claras, porque siempre hubo dudas y rincones oscuros que el otro se negó a explicar. Y esa es una semilla que nutrida por la inseguridad, la duda y el temor al abandono puede crecer y crear un monstruo. Como yo.

Sólo pido un poco más de respeto y menos lástima por la raza Psycho. Tenemos sentimientos, igual que los demás. Alguna vez tuvimos corazón, igual que los demás. Sólo que alguna vez lo hicieron tan mierda que nunca mejoró como correspondía. Somos un Frankenstein emocional, un fantasma de una persona alguna vez feliz, normal.

El problema es nuestra perversa visión del amor. El amor que una siente por el otro debería ser suficiente para superar cualquier obstáculo. Pero muchas veces no lo es. Y para algunas, eso simplemente no puede ocurrir.
Juana La Loca

martes, 3 de noviembre de 2009

Romance Ex-propiado

Dejamos con ustedes el relato de una de nuestras lectoras sobre sus amores y desamores, ¡esperamos que les guste!. Recuerden que pueden enviarnos sus colaboraciones al correo soy.la.ex@gmail.com

Desde ayer y con nada de ganas soy una más de las ex, pero una especial, soy ex de mi amante por culpa de su ex. Tal cual. Así de simple y complicado.

Para desenredar la madeja tengo que empezar diciendo que soy una mujer casada, de vida marital sin pena ni gloria y desde hace bastante poco. Como diría Kevin Johansen, las cosas no andaban bien... y justificada por esa frase supongo que me permití mirar con otros ojos y un poco más allá.

Al acecho, un hombre seis años menor, de 31, edad física al menos, la mental aún no me queda claro. Cuento corto, declaraciones de amigos en las buenas y en las malas, consejos iban y venían, jugando al correquetepillo, caí en sus brazos o él en los míos. Da lo mismo. Idilio que comenzó con apoyo del Messenger, se extendió a un par de salidas nocturnas, varias escapadas furtivas después de las 6, paseos, besos y más promesas. Un mes de felicidad y en el cielo, con el alma que creí gemela y de la cual ahora dudo.

En 48 horas todo cambia: recibe un mail de su ex de hace dos años, loca de patio diagnosticada seguramente en el hospital de Talca porque aún anda suelta. Y el muchacho que me llama, a morir y desmejorado, comienza a contarme detalles escabrosos del cúmulo de historias terroríficas de las que ha sido víctima desde que se le ocurrió terminar: atropellos, choques, improperios varios con escándalo público, quebrazón de vidrios, intentos de suicidio. Amenaza de muerte si lo ve con otra.

Descompuesto y más desmejorado, agrega que ha recibido ese fatal mensaje donde se hace alusión a nuestros nombres jugando póker en el MSN (PLOP!). Me da su veredicto: ella al parecer sabe “lo nuestro”, por lo cual “lo nuestro” ya no puede ser, y en un cerrar de ojos y sin mayor aviso, me convierto en una nueva ex, por mi propia protección.

Él pretende quedarse a vestir santos, por lo que me dice, siempre temiendo que la loca pase de las amenazas a las manos, y que yo o cualquiera otra nos convirtamos en portada de La Cuarta. Está aterrorizado, tiembla cuando me cuenta, pero no atina a más.

Me quedo con la sensación de que me deja la puerta abierta en la despedida, pero no cede ni un centímetro a mi propuesta de arriesgarme. No. Es por mi bien. Y así, después de tan sólo un mes, me cortan, me alinean, me desplazan... para protegerme, nótese, pero sin derecho a voto ni pataleo, y paso de ser ELLA, a ser nada más que el famoso trozo de hielo en la escarcha de Chayanne.

Como toda ex, he derramado las lágrimas de rigor y supongo que aún me quedan muchas más. Mi castigo es anhelar con TODA MI ALMA la risa de otro cuando tengo al lado un marido que, a pesar de todo lo malo, daría la vida por mí, y que no se achicaría ni ante un pelotón de sicópatas. ¿Será la edad? ¿Será que simplemente éste otro no me quiso?, ¿Será que es hombre?, ¿Será que soy una tonta? ¿Seré yo, maestro?

Anastassia

viernes, 23 de octubre de 2009

Punto de quiebre

De pronto, los días comienzan a ser más largos, hay más luz, un viento que disipa las nubes grises del invierno y nuestros sentidos nos dicen que hay que despertar... ahí está la primavera, con sus pajaritos cantando, sus mariposas volando y sus árboles florecidos, digno de una película cualquiera de Princesas de Disney. ¿No es bello?

Pues para mí no. Detesto, detesto la primavera. No sólo por las alergias que hacen que lamente verme cada mañana al espejo con los ojos hinchados, la nariz roja y sarpullido en la piel. No sólo porque me moleste el cambio de luz y pase dos meses con jaqueca, ni porque tengo que crear toda una estrategia de defensa contra los bichos voladores chicos, que me atacan impulsados por el viento. No sólo porque me da asco la 'florecencia' de la cursilería en todas partes, la gente apareándose por ahí irracionalmente, sin control alguno de sus hormonas, qué repugnante!

Parejas besándose sonoramente en el metro, toqueteándose... me dan ganas de ir a darles las gracias por hacer que el precio de mis pastillas suba cada año, con los farmacéuticos sobándose las manos por los ingresos extra que les significan esta manga de... personas afectadas por la fiebre primaveral.

Pues no, todo eso lo detesto, pero una de las razones principales de mi profundo odio hacia esta estación es que siempre termino en primavera, 'la estación del amooors´.

No sé por qué razón, entre septiembre y noviembre mis relaciones peligran. Hay quiénes creen que todos pasamos por las "crisis de los 3 meses", la "crisis del primer año", la "crisis del año y medio" y así un largo etcétera. Otros dicen que si una relación sobrevive a las temibles "vacaciones de verano" o "de invierno" es algo que va en serio. Como si la gente se demorara una cantidad de tiempo exacta en 'notar' las desaveniencias o fuera incapaz de soportar la llamada 'viudez de verano' -Aunque esto último es posible, tomando en cuenta el comportamiento hormonal de algunos-.

La verdad, no sé si para alguien se cumplan estas reglas, lo que sí sé es que la primavera ha resultado ser fatal para mis experiencias amorosas.

Es como si en esta época estuviera más predispuesta a estar chata y decir "Pta, si no se la juega él, entonces esto no va para ninguna parte". Es la época en que suceden las grandes peleas, los "tenemos que hablar", los "trataré de cambiar" y los "démonos un tiempo".

¿Seré yo? De pronto veo que hay algo: una actitud, una situación que no me gusta, y la converso, la trato de solucionar, ser colaboradora, participativa, buena onda... pero nada, vuelvo a mirar y sigue ahí, como burlándose de mí.

En septiembre noté que A era un egoísta que sólo pensaba en su carrera. En octubre terminé con R después que su manía de coquetear con una de sus amigas sobrepasara el límite de mi paciencia. En noviembre murió mi idilio con J, muy apuesto pero incapaz de juntar 3 frases coherentemente. Y de nuevo en octubre, paso por mi crisis eterna primaveral, esta vez porque encuentro que mi galán es un poco tosco y rudo a veces para expresar lo que le molesta.

Supongo que está bien decir que una tiene sus límites y que hay cosas que jamás dejará pasar, yo por ejemplo me dije mucho tiempo atrás que jamás estaré con un hombre violento, irresponsable, infiel y ególatra (basta que cumpla sólo una de estas condiciones para que no vuelva a ver mi sombra). El problema es que, al ser tan fiel a mí misma, apenas veo cualquier atisbo de problemas salgo huyendo por la puerta más cercana, tratando de no mirar atrás para no volverme sal.

Ahora, con un poco más de experiencia en el cuerpo, estoy cansada de correr y refugiarme. Estoy cansada de perder. Miro parejas que llevan 30, 40 años de casados, y son capaces de quererse y amarse como si nada. O como si mucho, porque me imagino que deben haber pasado por problemas y que, contrariamente a lo que yo hago, los deben haber resuelto.

Pero ¿cómo se logra eso, Dios mío? Vez tras vez me he topado con personas tan o más testarudas que yo, que les cuesta confiar y sobre todo ceder. O que te dicen "Está bien, lo hago" y lo dejan para más rato, con la esperanza infantil de que se te olvide. ¿Alguien ha visto que eso alguna vez funcione? ¿En la vida real?

Ah... Yo sólo quiero encontrar un gran amor, como los de antes.

Liss

lunes, 19 de octubre de 2009

El Gran Engaño

Es común que ciertos engaños surjan en una relación. Desafortunadamente, es más común de lo que quisiéramos, al menos. Hay distintos tipos de engaño. El engaño claro y evidente, en el que o te ponen el gorro o al menos te mienten descaradamente. El engaño por omisión, cuando se omite deliberadamente información que es claramente importante. Y uno de los más sutiles pero no por eso menos poderoso: las mentiras que nos contamos a nosotros mismos.

Hace un buen tiempo escuchaba a una conocida contanto que había vuelto con su novio. Que ya habían arreglado los problemas que la llevaron a terminar. Quizás se dio cuenta de cómo sonaba ese "ahora todo es diferente", razón por la cual aprovechó de bromear con lo cliché de la frase diciendo a propósito varias otras frases cliché de ese estilo para hacernos reír a quienes la escuchábamos, cosa que logró. Pese a la simpatía con la que narraba todo y lo mucho que empaticé con ella, no pude evitar pensar "esta mujer está mintiéndose a sí misma, y lo sabe".

No conocía los pormenores de su relación. A su pareja con suerte la había visto un par de veces. Pero por lo que entendí los problemas que tenía no eran de esas cosas que cambian de la noche a la mañana. Con ese "sí, ahora es totalmente distinto" me vi muy reflejada a mí misma hacía un par de años. Recordé decir casi exactamente la misma frase a una amiga al volver con un ex. Recuerdo luego de terminar definitvamente a mi amiga preguntándome "¿no que ahora era todo distinto?" y yo debí admitirle con completa honestidad "me estaba mintiendo a mí misma, era lo que quería creer".

Para mis adentros deseé que mi conocida tuviese mejor suerte que la que yo tuve, pues es una chica que me cae bastante bien. Pero esa sensación de déjà vu que tuve no me abandonó, se quedó en mi mente haciendo ruido, hasta que me enteré que la chica había vuelto a terminar con el novio, esta vez de manera definitiva. Entonces no todo había cambiado, pensé. Qué poderosas son nuestras mentes cuando no sólo queremos convencer a los demás de algo, sino que necesitamos primero convencernos a nosotros mismos. Qué triste el despertar y ser testigo de nuestro propio engaño. No hay peor ciego que el que no quiere ver, dice el refrán popular. Y no sé si es el peor, pero sí es peligroso. Los peligros que nos depara nuestra propia mente a veces pueden ser superiores a los externos. Al menos a los otros muchas veces sabemos que no debemos creerles. Pero, ¿qué hacer cuando sólo vemos lo que queremos ver?

Faye

martes, 6 de octubre de 2009

Soy una Ex

Estimados/as, hoy tenemos una colaboracion de una de nuestras lectoras, esperamos que la disfruten y comenten. Agradecemos a Yom por enviarnos su colaboracion y les recordaos que tambien estan bienveidos/as a hacerlo escribiendonos a soy.la.ex@gmail.com. Disfruten!

--------------------------------------------------------------------------------


Soy una ex…hace poco más de un mes. Fue extraño porque por primera vez después de finalizar un pololeo quedé con el corazón en trizas, no fue una relación larga…4 meses...pero pucha que lo pase bien!

Tengo 26 años. Él, 3 años menor y por alguna razón imaginé que quizás el era “the one” …pero no es así y si si sé que “todo pasa por algo” y “que todo en el amor es superable” (ese par de frases están entre mis preferidas).

¿Por qué pensé que este chiquillo (porque sí…aún es un niño) era “the one”?

¡Les voy a contar por qué!

Antes de empezar a salir con el “ex” en cuestión, yo tenía onda con alguien…pero solo eso … y este alguien me decía que ya estaba aburrido de conocer una chica y tener una relación de algunos meses y que no resultara y después conocer a otra persona y asi over and over and over… Repetir todo el proceso… Me decía que su ideal era sentar cabeza a los 26 años y quedarse con alguien para ya proyectarse.

La cosa es que cuando estuve pololeando con mi “ex”, me dije a mi misma: misma … es un buen partido (al leerlo suena muy cursi), es lindo, simpático, se llevan muy bien EN TODO, etc. Y debido a esto acoplé la idea de mi amigo a mi situación … y pensé: mmm quizás el es “the one” así que aquí me quedo con él.

¡ERROR! Cuando conocí a mi “ex”, era una mujer desilusionada y aún entusiasmada con el amiguito de la teoría… Entonces no estaba 100% para él, a veces llegaba un poco atrasada a las citas, aún recibía mensajes de texto del otro chico. Hasta que después como pensé que el era “the one", siempre estaba ahí disponible para mi pololo, si me decia vente un viernes… Ahí estaba yo. Era la que mas abrazaba, la que mas besaba. Hasta que un dia me dijo (mejor dicho me escribió por MSN) que habia besado a su mejor amiga y que sorry.

Lección chicas: Sean siempre fieles a ustedes. Mi error fue pensar que estaba todo seguro pero una nunca sabe lo que va a pasar, sea una infidelidad, la rutina, trabajo, qué se yo. Y nunca estén 100% disponibles.
He ahí mi historia, ya más superada (gracias a mis amigas que se las carretearon todas conmigo por un mes y algo) y sabiendo que otras personas tienen problemas más grandes y sufrimientos triples en su alma, al menos escribir esto puede ser como terapéutico o no? Que creen?

Yom

sábado, 3 de octubre de 2009

Banda Sonora

Siempre mi vida ha tenido música de fondo. Como en las teleseries, cada tensión, cada clímax de mi experiencia ha sido subrayado en mi cabeza por algún tema simbólico, que de alguna manera me ayuda a que en mi precaria memoria se queden los momentos más trascendentales.

Fue así como escuchaba músicas ad hoc en cada momento desde que te conocí: cuando te volteaste en tu mesa a escuchar mis opiniones políticas mientras veíamos caer las torres gemelas en un bar de la plaza, sonriéndome como pensando "y esta pendeja patuda, qué se cree que opina tanto" , y cuando me dijiste que –incoherencias aparte- escucharme hablar era como perderse en un mar extráñamente teñido de inteligencia y gracia, y cuando me llevaste con los ojos cerrados a tu terraza en donde me hiciste el amor, luego de besarme los ojos, las manos, cada parte de mi cuerpo imperfecto pero perfecto ante tus ojos, diciéndome al oído a cada beso que ese espacio de humanidad ya no era mío, sino nuestro.

Compartirnos se volvió rutina, pero no tedio, sino ceremonia, rito, aire, agua. Tus ojos, observándome desde lejos como un espía y a la vez como un admirador secreto, siempre a las 18:30, siempre en nuestra esquina, para comprar un vino, algo de comer y subir a olvidar el mundo real en nuestro pequeño pedazo de olimpo. Tu trasero desnudo caminando a la ducha, saliendo de mis sábanas se convirtió en mi desayuno, y mi almuerzo, el frescor de tus besos, cuando luego de la ducha, volvías a impregnarte con los sudores de mi cuerpo para luego irte al trabajo, sucio de mí y limpio de ansias.

Recuerdo la música lenta y dulce de tu cara, las sinfonías delirantes de nuestros coitos, recuerdo los traviesos sostenidos de piano de cuando te burlabas de mis llantos frente a la tele o de las cremas en mi cara, para luego alzarme con tus brazos fuertes, y besarme hasta quedar humedecido con mis lágrimas o embetunado con mis menjunjes.

Pero fue distinto esa tarde.

Bastó con verte en nuestra esquina, besándola a ella con esa boca que era nuestra boca y viéndome a la distancia con esos ojos que eran nuestros ojos, sin despegarte de sus labios. Con esa mirada impávida todo quedó dicho. De pronto, todas las partes de nuestros cuerpos, que eran tan nuestras, se separaron como se separa el alma del cuerpo. Así, de pronto, sin mediar palabras nos volvimos de nuevo un par de “cada unos”.

Me imagino que a cada paso, mientras la besabas y yo caminaba como sin verte, después de que ambos nos vimos tan determinantemente, tus partes y sus partes se fueron volviendo vuestras partes, mientras yo me alejaba cada vez más "una", cada vez más "solamente mía". Caminé tan desnuda de ti que me entró un viento frío por la espalda y aunque afiné el oído de mi mente todo lo que pude, no había nada más en mi interior que el más hueco silencio. Ahí lo descubrí, la música no estaba en mi cabeza. Salía de mi alma.

Otro transistor roto. Ya no los hacen como antes.

Loca de Patio

 
Template by suckmylolly.com : header image font "Beauties by Bill Ward"