martes 7 de julio de 2009

¡Yo no soy tu mami!

Desde mis primeros chapuceos en relaciones amorosas estables, siempre he sido la 'niñita' que adoran las suegras, la que hubiesen querido como hija a la que llevar de compras y jugar a las tacitas cuando chica.

Y eso porque siempre, desde la primera visita a la casa del pololo de turno, me acostumbré a 'ayudar' en la casa con cosas chicas: poner la mesa, levantar los platos después de la comida, servir té... haciendo que mi galán poco a poco aprenda también a ponerse las pilas con el orden y aseo de la casa.

Es que me asombra cuántos Edipos hay por ahí dando vueltas (y la cantidad de ellos con los que me he topado yo...), viviendo acostumbrados a que la mamá y la nana les hagan todo*.

Una vez estuve emparejada con un caso clínico, un chico que necesitaba que le dieran órdenes para todo: cuando nos quedábamos a dormir juntos me tocaba despertarlo, avisarle que estaba lista la ducha y llamarlo a desayunar... en su propia casa. Son cosas que una hace de amorosa, claro, pero de vez en cuando me aburría tener que esstar pendiente hasta de si se había lavado los dientes o no.

Otro de mis exs era uno de los alabados hombres que saben hacer más que un huevo revuelto y era el principal chef de la casa. Pero jamás tocaba la loza después de cocinar. Su madre debía llegar después del trabajo a lavar el alto de ollas y platos acumulados durante el día con las suculentas comidas con las que se lucía el hijo hacendoso del hogar.

Algo que siempre detesté fue que algunas** de mis antiguas parejas tuvieran la costumbre de hablarme como cabros chicos en ocasiones donde, envuelta en la pasión, esperaba más a un hombre bien macho que a un bebé. O sea, tengo instinto maternal pero sospecho que tú lo estás malentendiendo.

También puedo decir que gran parte de mis exs tenía una seria dificultad para comunicarse con el resto del mundo, y solía terminar escuchándoles sus problemas, incluso los más mínimos, que terminaban por volverse gigantes gracias a su cero manejo de conflicto.

Y lo terrible es que fueron sus propias madres las que los acostumbraron a ser así de dependientes y a crear relaciones de dependencia con las mujeres que van conociendo -Ok, admito que algo*** de culpa tengo en dejar que eso pase-.

Una vez mi gran amigo de universidad me contó que se sacaba buenas notas porque tenía la costumbre de encerrarse en su habitación, donde nadie lo iba a molestar, mientras que sus hermanas (y yo en mi casa) dividían su tiempo entre las 'labores domésticas' y el estudio.

Me pregunto qué será de todos ellos el día que tomen sus bártulos y tengan su propia vida.



Señorita Gruñona

*: Obviamente, también he tenido la desgracia de toparme con mujeres con esta misma actitud, pero como jamás he tenido una relación amorosa (ni de amistad) con ellas, prefiero abstenerme de comentarlo.

**: Pocas, gracias a Dios.

***: O quizás más que algo, pero prefiero dejarme eso para mí misma.

martes 30 de junio de 2009

Distancias

Existen distancias que nada tienen que ver con geografía, cierto?
Una que me molesta por estos días es la distancia del tiempo: la que se genera por tener poco tiempo.
Empezar una relación en la universidad, cuando uno se ve casi todos los días con el individuo en cuestión tiene su lado bueno (es rico verlo para almorzar, por ejemplo) y el lado malo (si llegas a terminar la relación hay que andar con cien ojos para no topárselo en el patio, no?). Hasta aquí todo bien. Pero el tiempo inevitablemente pasa, y después uno sale de la U, empieza a trabajar y se forma la típica y casi inevitable distancia del "nos vemos solo el fin de semana porque no tengo tiempo en la semana".
Por un lado, repitiendo lo anterior, esto es bueno . . . si llegas a terminar no tienes que andar preocupada de topártelo en la calle o en la pega porque no forma parte de ese mundo, tienes tu vida separada de la de él, entonces recoger los pedazos y seguir adelante es un poco menos caótico. Pero a su vez lo malo es precisamente eso: tienes tu vida separada de la de él.
En este momento, cuesta reírse de los mismos chistes, o hablar de la pega o de lo que se hace cada día. Las horas pasan a ser una nebulosa poco clara . . . sé que está ocupado, pero no sé dónde ni con quién ni con qué. Y no me refiero a saber por controlar y por celos, me refiero a saber por el gusto de saber, por esa sana preocupación que a veces nos pega cuando estamos almorzando y nos preguntamos si él estará almorzando también, no?
Esa distancia es de las peores. Saberse en la misma ciudad, saberse cerca, pero a la vez lejos, porque el celular es caro y no se puede llamar todo el día, porque hablar por msn mil horas en la noche tampoco se puede por culpa del cansancio, y porque al final uno queda resumida a un paréntesis en el fin de semana, sólo un par de horas . . . y el resto de los días, ¿qué?
¿cómo se le hace la pelea a eso?
¿tiene sentido pelear eso?
Supongo que a varias le ha pasado lo mismo, pasar de verse todos los días a verse una o dos veces a la semana, y más encima verse con los ojos cerrados, casi no hablar, porque la pega cansa, el jefe webea, y las cosas no son siempre como uno las quisiera.
Mi pregunta es ¿es esto distancia? No verse, no hablarse, estar separados sin poder arreglarlo, ¿afecta? ¿está bien que de pena, o lata? O ¿hay que simplemente acostumbrarse y esperar lo mejor? ¿puede esta distancia separar?
Saco el tema porque me veo en mi hora de almuerzo, sentada frente al pc, escribiendo esto, sin plata en el cel para llamarlo, y preguntándome que estará haciendo, pero con añoranza, no con rabia ni con celos.
Y como siempre me pregunto si seré solo yo la que piensa así, si solo a mí me da lata, si es justo que me de, o si me estoy quejando por gusto. . .
Veo mi fin de semana como todos los demás, cansada, y con la certeza de las horas son insuficientes, de que al final, igual, el tiempo o la falta de este se convierte en distancia.

lunes 22 de junio de 2009

Naranja a medias

Me daba pena ver a Michelle soltera, porque no disfrutaba tanto. Prefería recordar el pasado antes que armar su presente. Por eso, cuando conoció a su actual pareja, me sentí bien por ella. Un poco triste, claro, ya que era una soltera menos en mi mundo, pero al menos sonreía más que antes.

El problema fue que no volvió a bajar de la nube rosa. Never ever.

"OK", pensé. "Eso ocurre en los primeros meses, ya se le pasará".

No se le pasó.

Ella dejó de ser importante para mí durante una junta a la que, supuestamente, asistiría un amplio grupo, pero solo fueron tres parejas. "¡OK! Soy una mujer tolerante y no me molesta ver gente tomada de la mano", me dije. Sin embargo, una pareja se fue. Quedaron dos.
Michelle se sentó casi encima de su novio, hablándole SÓLO a él. Noté que la otra pareja sabía que yo estaba incómoda y agradecí que me incluyeran en su conversación.

Si ellos no lo hubieran hecho, podría haberme puesto una flor en la cabeza y habría sido más útil como florero que como ser humano.



Pasé todas las etapas de la ruptura esa semana. A Michelle no se lo dije porque no encontré el momento... y no me atreví, para qué andamos con cosas. No sabía si le iba a gritar o si iba a armarle un escándalo. Además, ha pasado el tiempo. Decirlo ahora sería como leerle una noticia antigua.

Eso sí, hubo dos cosas que se me grabaron a fuego en la cabeza y el corazón:

1. Cuando ella termine con su pareja, no podré evitar verla sólo como la 'media naranja', el 'complemento' y la 'otra mitad' de otra persona. La naranja a medias.
2. Pedirle a San Antonio que me mande un novio y agregar: "Si lo encuentro, ayúdame a recordar que existe más gente aparte de él y yo. Amén".


Amy Hösten

domingo 21 de junio de 2009

Mi primera vez

Hay una canción de Arjona (puajjjj!) que dice "tuve sexo mil veces, pero nunca hice el amor". La verdad es que a la canción jamás le había encontrado sentido cuando estuvo de moda y yo era una púber demasiado entretenida en mi propio mundo como para andar conociendo mundos ajenos. Pero agarró sentido cuando me enamoré, en serio, por primera vez.
Mi primer hombre fue mi primer pololo. Nos conocimos en la universidad y fue un flechazo instantáneo. Pasó el tiempo y los besos y las tomadas de mano ya no eran suficientes así que pasó lo que tenía que pasar. Para él, también virgen, fue un acontecimiento y desde ese entonces se acercó aún más a mí. En cambio, para mí el asunto eventualmente se transformó en un mero trámite. Me gustaban sus caricias, pero no tanto. Me gustaban sus besos, pero no tanto.
Con el tiempo empecé a preguntarme por qué le ponían tanto color al tema del sexo cuando yo lo encontraba lo más fome y rutinario del mundo. Él se esforzaba por hacerme sentir bien, pero no lo lograba. Las cosas entre nosotros comenzaron a ponerse feas hasta que en un momento el sólo recuerdo de las veces que habíamos tenido sexo me empezó a dar entre asco y angustia. No quería que me tocara, que me viera, que me besara. El sexo se transformó en un mécanico mete-saca que me tenía siempre mirando al techo rogando a Dios, Buda, Alá y al Dalai Lama que el tipo acabara luego para yo correr a ducharme, vestirme y salir corriendo de ahí. Finalmente, la cosa se acabó y cada uno siguió su camino.
Pasó mucho tiempo antes de que yo siquiera pensara en estar con alguien más. No tanto por la experiencia con mi primer pololo, sino porque entraba en pánico al saber que eventualmente tendría que acostarme con alguien más. Tuve algunos affaires olvidables que siempre me hacían pensar que yo estaba hecha de piedra. Escuchaba con envidia a mis amigas hablar del tipo con que se habían acostado la noche anterior y las había dejado pidiendo agüita. Yo quería sentir eso, yo quería a alguien que me moviera el piso así, que perdiera la razón al toque de sus manos y que no quisiera despegarme jamás de su piel. Parte de ese pensamiento se debe a demasiada novela romántica, lo reconozco, pero por muy melosa y fantasiosa, algo tienen de verdad.
Y, finalmente, mi deseo se hizo realidad cuando conocí a Eduardo. Si bien al comienzo no le dí mucha bola, luego de un par de salidas y conversaciones eternas me comenzaron a pasar cosas. Lo veía y quería saltarle encima ahí mismo, me importaba un bledo la gente o el lugar. La primera vez que nos besamos, sentí un shock eléctrico de pies a cabeza que me convenció de que de su lado no quería moverme nunca más.
Pasó el tiempo e hicimos el amor. Y mirando hacia atrás, con mi primer pololo perdí la virginidad, pero fue solamente una cosa técnica. Con Eduardo hice el amor por primera vez. Y cuando estaba con él sentía que todo se iba lejos, que por esos momentos en que estábamos juntos sólo existíamos los dos. Pasábamos tardes enteras amándonos, mirándonos, conociéndonos. Cada rincón de su piel era un paisaje nuevo y excitante; cada vez que estábamos juntos era diferente a la anterior. Cuando no estábamos juntos en lo único que pensaba era en él, en sus manos, en su cuerpo.
Y ahora, que él ya no está, me doy cuenta de cuanta diferencia hay entre un follón de entretención y estar con alguien y hacer el amor. Es cursi, claro que sí. Pero por lo general, lo cursi y los lugares comunes son las cosas más ciertas que pueden haber.
Juana La Loca

miércoles 17 de junio de 2009

Circunstancias post ruptura

MONICA: How's Richard doing?
MR. GELLER: You don't wanna know.
MONICA: No, I really, really do.
MR. GELLER: Well, he's doing terrible!
MONICA: Really!
MR. GELLER: Worse than when he broke up with Barbara.
MONICA: You're not just saying that are you?
MR. GELLER: No, the man is a mess.
MONICA: Was he crying?
MR. GELLER: No.
MONICA: Well, do you think he was waiting 'til after you left, so he could cry?
MR. GELLER: Maybe.
MONICA: I think so.
- "Friends", Monica Geller y su padre, conversando sobre Richard, el novio con el que Monica acaba de terminar.


Todos los seres humanos somos diferentes. Todas las relaciones que entablamos –y también las que terminamos- son distintas. Ocurren bajo diversas circunstancias que nos llevan a tener diferentes comportamientos dependiendo de la situación.

Sin embargo, osaré generalizar y decir que hay comportamientos y situaciones que, tras una ruptura, tienden a repetirse, aún cuando se traten de distintas personas que los repiten, y aún cuando hayan terminado bajo diversas circunstancias*. Y no sólo se repiten. Se repiten mucho. Acá van algunas:

1.- Querer saber de él: Es natural, al comienzo, cuando deberías establecer la separación, no querer hacerlo. Quieres saber de él, cómo está, si te extraña, qué está haciendo. Si tú estás mal por él y estás sufriendo, no quieres que él se quede atrás. Si algo te indica que está muy bien, es motivo de enojo “Acaso no le importó nuestra relación? ¿No fui relevante para él? ¿No le afecta que hayamos terminado?” son algunos de los clásicos. El problema es que si está tan mal como nosotras tampoco es necesariamente mejor. O sea, tiende a provocar menos enojo, pero todo depende de qué tan heridas estemos y qué tan irracionales estemos siendo (y nadie es más irracional que una mujer dejándose llevar al 100% por su emocionalidad, dejando a la racionalidad en cero). Porque pueden surgir cosas como “Si está tan mal entonces, ¿por qué terminó conmigo? ¿Por qué no luchó más por mí?”. Ahora, si él está cagado y tú estás bien, nada qué hacerle. Medio que quieres saber de él porque quieres escuchar que está bien y no sentirte tan culpable. Pero eso no ocurre, o te das cuenta que finge estar bien, o cualquier cosa que te hace sentir peor y te asegura que la distancia es lo mejor para que él te supere. En este caso es más fácil ser racional y ver lo evidente (aunque no siempre es así). También es más frecuente que si tú estás bien tus ganas de saber de él sean menores y este “número uno” no se aplique para ti.


2.- ¿Siguió adelante?: Esta es una evidente continuación del número uno. Es querer saber de él, pero ya no se trata de si está bien o mal. Va más allá. Es cuando nos empieza a salir la psicópata que llevamos dentro (a unas en mayor grado que a otras). Es cuando nos obsesionamos con si ya encontró a otra que nos reemplace. O si le gusta otra o tiene onda con otra o está considerando salir con otra. Todos síntomas de que ya siguió adelante. En esto es vital qué tanto hemos seguido adelante nosotras. Claramente, no queremos que él lo haga antes. Además, si él terminó con nosotras, hay una sensación de injusticia en que esto ocurra. Como que si él nos rompió el corazón, no tiene derecho a encontrar la felicidad en otros brazos antes que nosotras. O bien la confirmación de que en realidad nos dejaron por otra, si es que empieza con ella muy pronto.
A veces ocurre que no estamos ni tan dolidas ni tan pegadas con él pero aún así queremos saberlo. Esto último me cuesta explicarlo. Es como una curiosidad morbosa, porque si nos enteramos que efectivamente anda con otra las reacciones pueden variar tanto como mujeres hay en el mundo. Algunas se alegran con sinceridad. Otras se alegran con menos sinceridad. Otras de todos modos sienten esa suerte de extrañeza, no nostalgia, pero sí una sensación de que es raro o incómodo. Otras igual encuentran algún motivo para molestarse. Como sea, es clásico querer saberlo de todas formas.


3.- El MSN: ¿Queremos o no queremos seguir hablando con él? Esto va más allá del teléfono. Llamar implica más determinación. Si lo llamas es porque querías activamente hablar con él. No hay “llamadas casuales”. Si una no está segura, no llama. Pero el MSN (o por estos tiempos incluso el Facebook) abre más posibilidades. Si puedes saludar a alguien casualmente por MSN (o al menos eso quieres creer). Pero… de repente notas que siempre le hablas tú. Intentas esperar a que te hable él. No lo hace. Esperas. Sigue sin hacerlo. Finalmente le hablas tú. Luego terminas por borrarlo para no caer en la tentación de querer hablarle o tratar de buscar mensajes ocultos en sus nicknames. Pero te arrepientes, quieres hablarle, saber de él, y lo vuelves a agregar. Pero pronto caes en el mismo dilema inicial, decides que te hace mal, y lo vuelves a borrar. Incluso lo bloqueas. ¿Pero si justo te quiere hablar? A desbloquearlo. ¿Y si él te borró o bloqueó a ti? A pasar algún estúpido programa para ver si lo hizo.
Bueno, no es necesario realmente hacer todo esto, y seguramente hay mujeres evolucionadas que no hacen nada de esto. Pero creo que muchas hacen algunas cosas. Al menos lo de borrar y reagregar. O bloquear y desbloquear. Quizás no lo hacemos con cada ruptura. Quizás sólo con las primeras. Quizás ya aprendimos nuestra lección al respecto, y ahora que crecimos le avisamos “te tengo que borrar porque me hace mal verte” y tras recibir su comprensión, lo bloqueamos y no lo volvemos a agregar nunca más, o al menos no hasta dentro de mucho tiempo. Pero de que el maldito aparato o las redes sociales se vuelven un problema, lo hacen. Es por eso que lo recomendable sigue siendo, eliminar y bloquear por tiempo indefinido hasta que las heridas sanen. Sino, todo se vuelve propenso a la malinterpretación o a dificultarnos seguir adelante y cortar el vínculo.


4.- El (no tan) ansiado reencuentro: Hubo distancia después de que terminaron. Quizás mucha, quizás poca, depende del caso. Pero sabes que lo vas a ver en alguna ocasión social. Los amigos en común, algún evento grande como cumpleaños o matrimonios, o qué sé yo. Y no importa qué tan superado creas tenerlo, siempre, SIEMPRE tienes que ir REGIA. Impecable. Guapísima. Con el vestido que sabes que mejor te queda. Sin descuidar ningún detalle, ni ropa, ni zapatos, ni maquillaje, ni peinado. Si lo odias, quieres que se arrepienta de lo que perdió. Si lo amas, también. Incluso si te da lo mismo, no quieres que piense que te ha ido mal sin él y que estás hecha un desastre. Que te vea bien. Esto es casi una máxima escrita en piedra. Nunca el ex debe vernos mal. Nunca debemos darle motivos para que piense “¡De la que me salvé!” o “No entiendo por qué estuve con ella en primer lugar”. Aunque nosotras sí lo pensemos. Aunque en el fondo sepamos que estamos mucho mejor por separado. Es un tema de orgullo, creo, de orgullo femenino. No es que tampoco queramos que se quede pegado con nosotras y que nunca nos olvide. Pero que cuando se vea obligado a recordarnos porque nos encontramos en una fiesta de amigos en común, al menos sepa que estás tan bien como te ves. Que no nos dejó destrozadas, no nos arruinó para otros hombres y no afectó nuestra capacidad de vernos fabulosas y pasarlo bien. O sea, siempre dignas (y mejor si además de dignas, nos ve estupendas).


¿Algún otro comportamiento o situación que se me esté olvidando? ¿Qué les pasa a ustedes cuando acaban de terminar una relación que las deja dolidas?


Faye


*: Aunque estas situaciones pueden darse aún bajo distintas circunstancias de término, la mayoría son aplicables más que nada para cuando nosotras hemos quedado dolidas. Cuando es una la que termina la relación, y al rato se siente tranquila y liberada y el otro queda dolido, es mucho más difícil que experimentes las situaciones recientemente descritas en este compilado.

domingo 14 de junio de 2009

El bichito de la duda

Estamos todos de acuerdo en que, estando dentro de una relación, el acostarse con otra persona que no sea el pololo, marido o lo que sea es infidelidad, ¿cierto?

Un beso también se entiende como infidelidad. Si cualquiera de nosotras llegase a enterarse que su pareja de turno "atracó" con otra el hecho en sí se considera un quiebre, no necesariamente el término (eso depende de las circunstancias, y del aguante que una tenga, que suele ser más del que una piensa que tiene), pero sí sienta un precedente, se convierte en desconfianza difícil de ignorar, es una permanente piedra en el zapato: molesta, duele, y no se olvida.

Pero, ¿qué pasa con cosas más sutiles?

Si nos sentamos a pensar que pololo o marida no es simplemente el homosapiens de turno con quien satisfacemos nuestras necesidades sexuales sino que es una parte de la vida, un amigo, una promesa de futuro, un puerto donde refugiarnos del mal tiempo, un recuerdo constante de lo lindas que somos y mil cosas más, podemos ver que hay más que una llamada telefónica por día y un polvo de vez en cuando, ¿no?

Hay complicidad, conversaciones largas, espacios vacíos que se llenan, satisfacciones más tiernas, risas que se comparten, lágrimas que se secan, esperanzas que nacen.

Hasta ahora todo bien. Una buena relación tiene, o debería tener, todos estos elementos y muchos otros, de ahí mi pregunta peligrosa:

¿Qué pasa cuando esa complicidad se gesta en otro lado?

Entonces ¿qué hacer cuando de pronto, (por que si bien estas cosas son siempre graduales , es de golpe como nos golpean) él comienza a hablar mucho con otra?

No hay sexo (todavía), no hay besos, pero existen estas conversaciones largas y profundas, ese compartir los miedos, llorar las penas, y de pronto, el roce de una mano contra una rodilla, o un abrazo un tanto más cercano, o mensajes de texto a deshoras. ¿es esto infidelidad? ¿compartir con otro, fuera de la relación, aquello que es tan íntimo?

No hablo solo de palabras, sino de sensaciones. Es innegable que la atracción física genera mariposas en el estómago, cosa que no es amor, pero la complicidad, la intimidad, la confianza, el hablar de todo sin pudor ni pena, y mejor aún el no tener que decir nada porque la otra persona parece leernos la mente, genera otra cosa en el estómago, que no son mariposas suaves que se extinguen con el tiempo, sino un vacío que se arma como esa persona con la cual hablamos ya no está.

Después de hablar, de compartir, íntimamente, es imposible no echar de menos.

¿Qué pasa cuándo él echa de menos a alguien que no somos nosotras? Cuando hablar mucho con ella, de ella, cuando quiere verla, cuando sentimos que considera dejarnos plantadas por ir a verla, cuando corre cada vez que ella tiene un problema, cuando se sabe sus dramas, cuando la conoce, todavía no la besa pero, peor aún, la extraña y la recuerda. ¿Eso también es poner el gorro?

¿Es una forma más delicada, suele ser la antesala de la tan despiadada infidelidad, pero ¿cómo acusarla? ¿estará mal? Si tiene una amiga que es más amiga de lo que soy yo, ¿puedo llamarlo infiel?


Leonor

jueves 11 de junio de 2009

Ilusiones y principios de una larva

Hace unos meses hablé de dos hombres interesantes. Uno de ellos no fue gran cosa, aunque tenía todo lo que me gustaba en el aspecto físico. Por eso caí en picada cuando nos juntamos a tomar algo en un pub, para conocernos mejor. Dijo que yo le interesaba desde hacía varios meses. Y me rendí ante sus ojos y su sonrisa.

El problema fue que me hablaba de cómo era él en pareja, me decía cosas lindas y todo eso. Estaba alerta pero, de a poco, empecé a abrigar la pequeña posibilidad de llegar a algo juntos. Me ilusioné en tiempo récord, olvidando las alarmas. Fui Ícaro por unos días y caí, no por el sol, sino porque la cera era de mala calidad.

Responsabilidad compartida, le dicen. Por un lado, un ilusionista y, por otro, una persona que desea creer en sueños para sentir que regresa al "camino", cuando en realidad sólo sigue senderos que no van a ninguna parte.

¿Por qué ilusiones? ¿Por qué tanto miedo a tomar el camino que sí lleva a otros lugares? Quizás porque siempre he visto y creído que está lleno de clavos. Que enamorarse es una maldición que te ciega y te enloquece; que pierdes la individualidad y las ganas de vivir por tí, que sin la otra persona morirías.

No quiero sentir eso. No después de pasar dos años y nueve meses aprendiendo a conocerme, odiarme y quererme como persona individual. ¡No estoy dispuesta!

Por eso, he preferido sufrir por ilusiones: son etéreas, como sueños. Si te afectan, te dejan sólo sensaciones y no heridas grandes. Si te duelen, no recuerdas por qué. Si miras dónde te duele, siempre verás un moretón y no una fractura expuesta.

Mucha gente me dice que "vale la pena esforzarse", que "amar es lo más hermoso del mundo", que "así te sientes viv@". Pero si acaba, se destrozan. Yo no quiero destrozarme por otra persona. Que lo haga una bomba, un disparo o una hemorragia interna, no el distanciamiento de
alguien o el fin de un amor.

En otras partes he sabido que el amor es tranquilo, que no se sufre tanto. Es apasionado, pero relajado también. Y me pregunto si alguna vez llegaré a eso con la ebullición que llevo dentro. "Eres muy eléctrica, nunca estás tranquila", me dijo Froilán una vez. Lo dijo como algo negativo, mas para mi fue un cumplido.

Tengo una colección de sueños en mi vida amorosa. Burbujas que duran meses, días, noches. Sé que mi mamá me mira como a una niñita porque nunca me he enamorado, sé que habrá gente que no escuchará mis consejos por lo mismo.

Pero soy yo. Una larva, una isla en medio del océano. Me doy el lujo del egoísmo porque sé que la larva será mariposa (a menos que un animal me devore antes) y que la isla será centro turístico (a menos que llegue alguien a destruir el ecosistema). Por eso, no voy a arriesgarme. Tengo muy mal ojo y, si me van a dañar, prefiero que sea a mi versión terminada antes que a la débil.

¿Cobardía? ¿Egoísmo? ¿Terquedad? ¿Qué más da? Mientras no encuentre a mi alma gemela, la única persona que se encargará de ponerle scotch a mi corazón, si termina roto, seré yo.



MilDiez

 
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