lunes, 6 de octubre de 2008

La recaída

Las recaídas por aburrimiento son las más comunes y las que nos pueden dejar más de alguna anécdota para la posteridad. Son aquellas que pasan porque hace tiempo que no pasa nada de nada, no tienes qué hacer y empiezas a recordar viejos tiempos y te acuerdas de ese (o esa, ahora que tenemos uno que otro macho entre nuestros lectores) ex con el cual no terminaste en mala, pero por cosas de la vida nunca volviste a ver. Y te acuerdas de él. Que qué habrá sido de su vida, si se acordará de ti.

Con José nos conocimos en primer año de Universidad, en la Fiesta Mechona. Salimos por un par de meses hasta que me bajó la zorriática* y me hice humito. Nunca más lo volví a ver. Él siguió intentando contactarme de alguna manera, pero yo eludía sus acercamientos magistralmente. No me acordé de él durante mucho tiempo hasta que el año pasado algunas circunstancias de la vida lo trajeron de vuelta a mi vida. Y me vi enviándole un mensaje de texto, preguntando qué era de su vida, si quería que nos tomáramos algo, for old times sake.

Nos juntamos y nos fuimos a un bar de mala muerte a beber unas cervezas. El tugurio era un asco (de hecho, hasta me robaron la mochila), pero a medida que pasaban y pasaban las cervezas, me fue invadiendo una sensación extrañísima.

Él seguía igual. No había cambiado su manera de vestir, ni de hablar. Estaba tomándose un semestre sabático de la universidad y sus padres finalmente se habían separado hace un tiempo atrás. Seguía con esa manía que tiene tanta gente de exigir que la miren a los ojos cuando hablen. Y seguía tratándome con una delicadeza con la cual muy pocas personas me han tratado en la vida.

Gracias al alcohol fuimos adentrándonos en terrenos más escabrosos. Él me habló de su ex, yo del mío. Nuestros caminos se habían desarrollado casi en paralelo, siempre a punto de volverse a encontrar. Él me dijo que se había cansado de buscarme, que incluso se había pegado varios piques a mi campus con la esperanza de encontrarme en algún rincón riéndome a carcajadas con una chela en la mano. Yo le confesé que siempre me había sentido pésimo por no haber intentado siquiera esbozar una explicación.

Al darme cuenta que mi mochila había desaparecido (con mi pase, las llaves de la casa y la plata de devolución de impuestos en la billetera) ya tenía tanta cerveza en el cuerpo que me dio lo mismo. José se ofreció a irme a dejar, yo le respondí que se quedara en mi casa esa noche (¡¡¡Juro que sin segundas intenciones!!!).

Llegamos a la casa y como lo único que teníamos era una sed gigante, abrimos una botella de vino que quedaba por ahí. Seguimos conversando sobre mil y una cosas, hasta que en un momento sentí su brazo a mi alrededor y al sentirlo tan cerca, fue como si algo se rompiera dentro mío.

Nos besamos y acariciamos por un largo rato y fue raro. Rarísimo. A él le gustaba bastante el asunto y se había empezado a entusiasmar bastante. Yo, por el contrario, lo único que quería era que se mandara a cambiar y recordé porqué me había mandado a cambiar: con él no me pasaba nada. Me encantaba su pasión por la política y su solidaridad con los demás. Me gustaba como me trataba y me hacía sentir como si fuera lo único importante en el Universo. Congeniábamos increíblemente, pero solo en un nivel mental/sicológico/idealista. A nivel carnal, no pasaba nada. O al menos a mí no me pasaba nada con él. Hasta me acordé de la una vez que valientemente se había atrevido a tocarme una pechuga y yo respondí con un combo en la guata. Cuando esto llegó a mi memoria, la carcajada no la pude contener y él, que estaba más preocupado de otras cosas me quedó mirando con cara de plop. Hubo un instante de silencio en el cual ambos tomamos cuenta el tiempo que había pasado entre los dos y nos dimos cuenta porqué las cosas habían sido como habían sido.

Para alivianar la tensión le dije: “Sigues igual. Hasta hueles igual a como yo recordaba”. A lo que él me respondió “Tú no…” y sin darme tiempo para responder o, por último, descifrar su expresión, se dio media vuelta y se puso a dormir.

Yo me quedé ahí, mirando el techo, sin saber qué pensar. Pero el alcohol pudo más y me quedé dormida también.

A la mañana siguiente, me levanté en silencio y me arreglé para ir a la Universidad. Lo desperté cuando yo ya estaba lista (obvio, ni ahí con que me viera con el rímel hasta el cuello y cara de caña infinita) y nos fuimos.

Ese viaje en metro debe haber sido el más largo de mi vida. José miraba al horizonte en esa expresión indefinible que tenía cuando estaba pensado en muchas cosas, mientras yo no hallaba qué hacer/decir para que el viaje no fuera tan terriblemente silencioso e incómodo.

Los altoparlantes del metro anunciaron que estábamos en la combinación donde él se tenía que bajar. Me miró, me abrazó y me susurró al oído “Que te vaya bien”, se dio media vuelta y se alejó lentamente entre la multitud.

Nunca más nos volvimos a ver.

La Rabiosa

* Zorriática: dícese del ataque de pánico/miedo/asco/sentimiento indescrptible que le bajan a las muejeres de vez en cuando y que las hace ponerse cuáticas. O sea, la zorriática a mi esa vez me hizo salir corriendo. También ha hecho que trague el orgullo y aguante las del infierno. O que me agarre con una amiga de años por puras estupideces. Es peor que la regla y los cambios de humor hormonales. Es la zorriática.

4 comentarios:

carmela dijo...

A veces uno insiste en cosas que no tienen sentido. A mi me pasa seguido, o no tan seguido, pero es un desgaste intentar, y reintenar.
Las cosas suelen ser más simples (al menos al principio)
saludos

Veronica dijo...

un amigo mio dice en ingles: you must follow your first feeling ...
aunque yo no estoy tan de acuerdo..yo le hubiera dado un credito..pero pobre...creo que no encontro mucho eco...

besos

Myriam dijo...

Qué buen concepto el de la "zorriática"... ahora que lo pienso, creo que me ha dado más de un par de veces XD

Con respecto a las recaídas no puedo decir mucho... así que hablaré con la voz de la inexperiencia. Igual yo creo que si la persona te atraía y ambos están de acuerdo en pasar un buen rato, vale.

Supongo que el problema comienza cuando hablamos de recaídas constantes =P

Mely dijo...

Yo estuve con un hombre así hace varios años (aún no salía del colegio). Es de esos tipos geniales, tiernos, inteligentes y divertidos que no te convencen del todo. O sea, lo suficiente como para que pase "algo" y nada más.

Han pasado más de seis años y, la verdad, me da mucha pena no haberle dado una oportunidad, porque nadie volvió a ser así de atento.

Salu!

 
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